sábado, 26 de mayo de 2018

SAN AGUSTÍN DE LAS CUEVAS

Pocos habitantes de México hay que no conozcan este pintoresco pueblecillo, y que al oír su nombre no hagan tal vez tristes y dolorosas memorias. Se nos preguntará si en ese pueblo hay algunas tumbas, y si es el fúnebre lugar donde están sepultados los amigos y parientes de los moradores de la bella México. Sí, lector querido; hay panteones y sepulcros donde cada año quedan enterrados, no los cuerpos, sino lo que es peor, las almas de multitud de honestos vecinos de la capital que van con los colores en la mejillas, con la alegría en los ojos, y con la esperanza en el corazón; y regresan pálidos, soñolientos, y algunos con una fiebre devoradora que los mata, y todo porque han dejado, y para no juntarse con ella ni en el juicio final, su pobre alma, sepultada debajo de una carpetilla color verde oscuro, sin más sufragios que dos largas velas que arden día y noche en aquello lúgubres antros.
¡San Agustín! ¡San Agustín! ¡Qué de vigilias dolorosas, que de lágrimas derramadas por inocentes familias, qué de suspiros y arrepentimientos, qué de propósitos nunca cumplidos, y qué de planes magníficos desbaratados! Si pudiésemos reunir, ver, palpar y sentir las agonías, las maldiciones, los contrastes y los placeres amargos y diabólicos, de los que en un momento reúnen montones de oro para verlos desaparecer de estos crueles tormentos, como al que hiere un rayo que se desprende repentinamente del centro de una negra nube.
San Agustín de las Cuevas es una de las muchas ciudades llenas de población y movimiento, que existían ya cuando vinieron los españoles a conquistar la América. Se llamaba Tlalpam, que quiere decir tierra árida, y se comunicaba con la metrópoli por medio de magníficas calzadas y por lagunas y canales que estaban en corriente en esa época, y que existen todavía.
Su situación es de las más pintorescas. Una calzada, ancha y plana, llena de arboledas en su mayor parte, y teniendo de uno y otro lado las tierras de labor de las haciendas de Narvarte, Coapa y San Antonio, cubiertas de maíz, de trigo y de cebada, conduce desde la ciudad al pueblecillo, que se halla reclinado, tranquila y muellemente, en la anchurosa falda de la elevada montaña de Ajusco. La parte antigua de la población, con sus casas de adobe, sus santocalis o capillas, y sus huertos desordenados y cubiertos de flores frutales, existe a poco más o menos como entonces, mientras en la entrada de la población, plaza y calles principales, se han edificado muchas quintas o casas de campo al estilo moderno, con sus jardines, ingleses o franceses; pero ya sea en la naturaleza salvaje o inculta, ya en el cultivo esmerado y metódico, se nota una frondosidad y una frescura en las plantas que quizá no se encuentra en ningún otro lugar de la tierra templada.
Comerciantes
San Agustín no es un barrio de México como Tacubaya, ni una ciudad como Xalapa, sino un verdadero lugar campestre, sencillo y solitario, donde el césped nace naturalmente verde y frondoso entre los empedrados de las calles, donde constantemente atraviesan en todas direcciones corrientes de aguas cristalinas, donde a poco que se extienda el paseo, se encuentran calles rectas y espaciosas, sombreadas con los manzanos, los perones y los castaños, o grietas y rocas salvajes que revelan la proximidad de una gran montaña y la existencia remota y terrible de los volcanes. El Calvario, las Fuentes, los Callejones de San Pedro y el Ojo del Niño, que es un manantial de agua, son los paseos favoritos de los que viven en San Agustín, y los sitios encantadores, donde respirando un ambiente puro y fresco delante de la majestad imponente de las montañas y del valle, se pueden gozar momentos las penas de la ciudad y son los negocios o las ocupaciones de la política, se considera libre, feliz e independiente.
San Agustín, en la Pascua de Espíritu Santo, tiene tres o cuatro días de orgía y de fiebre, que parece dejan agotadas sus fuerzas y adormecidas sus facultades para el resto del año, en que permanecen sus campiñas desiertas, sus casas cerradas y solitarias, su plaza atravesada únicamente por el cura, por el prefecto, y por alguno que otro vecino que busca el retiro y la salud de su familia en aquel clima dulce y apacible.
La feria de San Agustín es acaso la única de su especie en el mundo. Ni en los baños de Alemania, ni en las ferias de Francia, ni el festividades andaluzas, ni en ninguna otra parte, repetimos, hay escenas semejantes a las de San Agustín. Es necesario volver atrás la vista y hacer memoria de lo que pasaba hace años. El viejo México se acaba, la civilización no vuelve franceses e ingleses; y el tiempo, así como roe los edificios y las piedras de las catedrales, así también acaba con las costumbres y los usos de los pueblos.
La proximidad de la Pascua de San Agustín, era para las familias de la capital y sus alrededores, el acontecimiento de más importancia en todo el año.
¿Quién dejaba de ir a San Agustín? Ninguno. Las mujeres a bailar, los hombres a jugar, los pobres a poner fondas, caballerizas, hospederías, tiendas ambulantes y juegos de todas clases.
Diligencia a San Agustín de las Cuevas
Se puede asegurar que todo México en los tres días de Pascua, jugaba albures en San Agustín. Los que no iban, es decir, las señoras muy estrictas, los padres de familia timoratos y los de la Iglesia, que no querían caer en el pecado del escándalo, daban su vaquita al algún amigo de confianza.
El primer día de Pascua todos los carruajes, diligencias, carretones, ómnibus, caballos, mulas y aún burros, se ponen en movimiento y llenan las calles centrales de México. Desde las seis de la mañana comienza el tráfico, y por bandadas entran, señoras, hombres y niños en los coches, que una vez completa la carga, parten a todo trote. Este movimiento disminuye el segundo día; pero el tercero, para el que muchos se reservan, aumenta de una manera increíble. Quien observe la calzada en esos momentos, creerá que es la emigración de la ciudad entera.
Una vez que se llega a San Agustín, la primera operación es almorzar. No faltan fondas, y algunas donde guisan tan bien, como se puede comer en París. En cuanto al precio, a veces dos o tres platos y una taza de café, cuestan ocho o diez pesos.
Después del almuerzo, a los montes. Los montes son los que constituyen la principal diversión, la especialidad de la feria.
Visitantes
La lucha sigue día y noche durante cuatro días. Los concurrentes salen de un juego y entran en otro, y otro; y personas hay que no comen ni duermen, porque no tienen con qué pagar ni la fonda ni la posada. En medio de todo esto, es admirable la delicadeza, la compostura y la caballerosidad con que por lo general se juega en San Agustín. Nada de juramentos y blasfemias, ni de maldiciones: cada uno sufre su suerte y disimula su mal humor, y sufre su desgracia hasta con una clama y aparente alegría que da lástima. En los años de mucha concurrencia se han llegado a poner de quince a veinte montes, con un fondo cada uno de 50 a 60,000 pesos; de suerte, que en esa feria puede girar entre monteros, apuntes, fonderos, hospederos, empresarios de gallos, etc., puede circular en los tres días, un capital de más de 1,000,000 de pesos.
Las señoras tienen la diversión de los gallos por la mañana, el paseo del Calvario por la tarde, y el baile en la noche. La colina del Calvario, cubierta de césped y rodeada de arbustos, con su pequeña ermita en la cima, y poblada de señoras elegantemente vestidas, de niños que corren y saltan, y de pueblo, que como una marejada, se mueve en todas direcciones, presenta un espectáculo sumamente animado e interesante.
En la plaza se improvisan, bajo tiendas de campaña, neverías, cafés, tiendas y juegos de imperial, de dados y de cartas, donde pasa los días y las noches la gente del pueblo.
San Agustín, además de esta feria, que va decayendo de año con año, tuvo una época de prosperidad. En la primera vez que se estableció en la República el sistema federal, D. Lorenzo Zavala, que era gobernador del Estado de México, llevó la capital a San Agustín, le restableció su antiguo nombre indígena de Tlalpam, y los poderes del Estado fijaron allí su residencia. Se planteó un colegio y un hospicio o casa de asilo, y se construyó una casa de moneda. Toluca se presentó a poco como rival de San Agustín, y andando el tiempo logró ser la capital del Estado. Actualmente hay en San Agustín una fábrica de hilados y tejidos de algodón, otra de tejidos de lana de la propiedad de D. Cayetano Rubio, y además, una de papel de los señores Benfiel y Carrillo, que han logrado ya fabricarlo con mucha perfección, y varias casas de campo construidas y adornadas con mucho gusto y elegancia, pudiéndose citar entre otras la de D. Cándido Guerra, la de D. Joaquín Rozas, la de D. Manuel Escandón, la de D. José María Landa, la de D. Ramón Gamboa, y la de D. José María Andrade.
La población constante de San Agustín y sus suburbios podrá estimarse en 4,000 habitantes. En la estación de las aguas aumenta con las familias que van de México a mudar temperamento.

Manuel Payno


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