domingo, 7 de octubre de 2018

EL CONVENTO DE SAN FRANCISCO

Lo primero que llama la atención del viajero inteligente, en un país católico, son los templos elevados al Señor; porque ellos se presentan a su vista como el termómetro que revela de una manera inequívoca el estado de riqueza del suelo que visita; pues siendo proverbial esa no desmentida inclinación de los cristianos, a ceder parte de sus bienes para el mayor brillo del culto de aquel Supremo Hacedor a quien se confiesan deudores de todos los tesoros que poseen, la mayor o menor magnificencia de sus iglesias, patentiza, sin otro examen, el grado de abundancia en que viven.

Recórrase la historia de la preponderancia y de las vicisitudes de las naciones católicas, y se verá, que en tanto que han marchado a la cumbre de su apogeo, la riqueza de los templos dedicados al Autor Supremo, ha sido incalculable, y debida a los cuantiosos donativos de ricos particulares, a la vez que en su decadencia han ido imprimiendo en el interior de esos mismo templos, el carácter melancólico que graba la pobreza en todos los objetos. Los templos son, en las naciones católicas, lo que la luna en el cielo: brillan, cuando va en creciente la fortuna de las segundas, y pierden su esplendor cuando llega la época de su menguante.

Las páginas de las distintas fases que presenta México en los vaivenes de fortuna que la han combatido, están escritas en esos suntuosos edificios levantados al Eterno. Penetrad en ellos y dirigid la vista a lo pasado, y los encontraréis cubiertos por todas partes de oro y plata, de riquísimos paramentos, de numerosas lámparas de los más exquisitos metales, y ardiendo a todas horas en abundancia la blanca cera: deteneos a examinar la presente y notaréis en el instante mismo la escasez de todo aquello que en otro tiempo formaba su principal riqueza; solo les queda a esos templos de su grandeza pasada, su magnificencia exterior, como al poderoso que perdido su bienes de fortuna, le quedan los ricos trajes que revelan su anterior opulencia.

No es, pues, de extrañarse, que los españoles, católicos de corazón, benévolos por naturaleza y francos y desinteresados por principios, edificaran en la época feliz en que eran dueños de la mitad del mundo y en que les sonreía la fortuna, brindándoles con los tesoros de la tierra, los sorprendentes y maravillosos templos que hoy son el orgullo de México y el asombro de los viajeros que visitan esta populosa ciudad, entre los cuales merece llamar muy particularmente la atención, el espacioso convento de San Francisco, del cual vamos a ocuparnos en el presente artículo.

Portal de la Capilla
de Balvanera
Emprendióse la construcción del grandioso templo de San Francisco el año de 1524, a los pocos meses de haber pisado la populosa capital del imperio de Moctezuma, los religiosos franciscanos Fr. Martín de Valencia y otros doce más, los cuales, en tanto que se daba fin a la obra comenzada, vivieron dando ejemplo de virtud, en un convento que edificaron provisionalmente en la esquina de la calle conocida hoy con el nombre de Santa Teresa y del Reloj. Concluido aquel a expensas de D. Fernando Cortés, en cuyo corazón existían con igual fuerza el valor y el espíritu religioso, los padres se ocuparon en propagar la religión del Crucificado y en derramar el consuelo entre los infelices indios, que los veían con un respeto y amor inexplicables. Pero aunque además del templo se edificó allí mismo otra iglesia para el uso de los religiosos, transcurridos algunos años se vio que no tenía la necesaria capacidad, por cuyo motivo se demolió, dando principio a la suntuosa iglesia que hoy admiramos, y que se terminó en 8 de diciembre de 1716.

La fachada del magnífico templo que nos ocupa, y que es la que representa la presente litografía, es de orden mixto, y el espacioso atrio que lo hermosea y que está perfectamente enlosado, tiene por la parte que mira al Norte, esto es, por la entrada de la calle llamada de San Francisco, 94 varas, y por la que da a Poniente 48.

El interior de la iglesia es admirable, ancho y espacioso: el altar mayor es de exquisito gusto, alto, y de gran capacidad su magnífico coro, y de sonoras voces el costoso órgano que lo embellece: una sola nave es la que cuenta; pero grandiosa y sorprendente, elevadísima y de exquisito gusto: los altares que a uno y a otro lado de la iglesia se descubren, son de hechura sencilla, a la vez que agradable, y de gran mérito tres riquísimas capillas que en el interior de la misma iglesia se encuentran; una fabricada en 1629, a expensas del capitán D. Cristóbal de Zuleta, que la dejó al consulado y que está dedicada a la Concepción de Nuestra Señora; otra consagrada a San Antonio, y construida en 1639, y la tercera, costeada por los españoles de provincia de Rioja, y dedicada a Nuestra Señora de Balvanera.

Cada una de estas capillas, cuya arquitectura nada deja que desear al ojo inteligente y observador, puede considerarse como si una iglesia fuera, puesto que todas cuentan con puertas particulares de comunicación que dan al templo principal, a la vez que con los adornos y paramentos necesarios, y la última, con un costoso y sonoro órgano.

Esto es con respecto a lo que la iglesia principal, propiamente dicha, contiene; pero como en el nombre de Convento de San Francisco, se comprende cuanto dentro de su espacioso atrio existe, nos ocuparemos en describir las diferentes capillas que, separadas del cuerpo principal, se encuentran.

Entrada a la Capilla
de Aranzazu
A mano derecha, entrando por la parte que mira al Norte, se halla la bien adornada capilla del Tercer Orden, consagrada al culto de María Santísima, y erigida en 8 de noviembre de 1727; a la izquierda, la de Aranzazu, costeada por los vizcaínos y navarros, y edificada en 1688: en el fondo del atrio y con la vista al Poniente, se descubre la de los Servitas, consagrada al culto de los Dolores de María Santísima, en 18 de noviembre de 1791, y al penetrar por la puerta del atrio que se halla al Poniente, se descubre, a la derecha, la del Señor San José, dedicada en 19 de marzo de 1657, en la cual han fundado una célebre congregación los montañeses.

Todas estas capillas son de sumo costo, tienen confesionarios, magníficos altares, costosos órganos y bien construidos púlpitos.

Además de las expresadas capillas, hay otras interiores, dedicadas, una a la milagrosa imagen de María Santísima de la Macana, que está en el noviciado; otra en la habitación de los RR. PP. Provinciales, dedicada a San Antonio por el R. P. Fr. Pedro de Navarrete, comisario general de estas provincias, y la última, en la enfermería; componiendo todas, incluso la Santa Escuela, de que no hemos hecho mención, él número de 11 capillas, que pueden rivalizar con muchas de las que en otras ciudades pasan por elegantes iglesias.

Los claustros de un templo tan sorprendente, son grandes y cómodos; las celdas numerosas y de elevados techos; su construcción sólida y majestuosa; las paredes están, en el interior de la iglesia, cubiertas de colosales cuadros pintados al óleo, algunos de los cuales encierran un mérito artístico reconocido por los inteligentes; y en el anchuroso atrio enlosado, como llevamos dicho, de extremo a otro, y el cual se entra por dos elevadas puertas de fierro, primorosamente trabajadas, se ven colocadas las estaciones, para que la numerosa concurrencia, que suele asistir el jueves y viernes santo, pueda rezar con toda comodidad el Via Crucis.

El espacio que ocupa todo el edificio por la parte que mira al Poniente, es de 152 varas, y por la del Norte 112, contando en la primera 47 ventanas con rejas de hierro; 5 espaciosas piezas que se alquila a varios artesanos, que tienen en ellas obradores; un hermoso jardín, y la puerta que da entrada al ancho patio del convento, y que generalmente suele servir de cuartel cuando hay gran número de tropas en la capital.

El costo de todo el edificio está calculado en 1,200,000 duros, cantidad considerable, dada voluntariamente por los particulares, y que prueba, como al principio dijimos, el estado de riqueza y preponderancia en que los individuos de este privilegiado suelo vivían.

La riqueza, unida a la filantropía, elevada por todas partes casas de beneficencia, colegios y suntuosos templos, que hoy admiramos con profundo respeto y llenos del más admirable asombro, y pronto llegó a transformarse la capital de los antiguos aztecas, en una de las ciudades más hermosas del Nuevo Mundo; hermosura que ha ido en aumento de día en día, a pesar de las continuas revoluciones que han servido de obstáculo a la marcha de la industria, de las ciencias y del bienestar social.

Niceto de Zamacois


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