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viernes, 17 de julio de 2020

LA CATEDRAL DE MÉXICO

Ilustración de Niceto de Zamacois
Escritor, historiador y periodista

Edificio esplendoroso por su arquitectura, la Catedral Metropolitana ha sido siempre un lugar atractivo para el viajero. Este artículo recoge un pormenorizado inventario de la magnificencia que este inmueble posee.

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Editoriales | Académicos

México, como ya lo hemos dicho otras veces, es sin duda la ciudad más hermosa de todas las Américas, tanto por ese cielo azul que contantemente goza, como por la riqueza y solidez de sus edificios y templos, entre los cuales la catedral descuella con valentía sus elevadas torres, como para significar que a pesar de los esfuerzo del hombre en sofocar las cristianas creencias, las obras destinadas al Señor se elevarán siempre sobre todas las demás para prestar su sagrada sombra a las almas que, fatigadas y perdidas en el camino de la maldición, buscan un lugar consolador cuyo ambiente vivifique un corazón carcomido y un alma endurecida.

Está edificada la catedral en el punto céntrico de la ciudad, en una mesa cuadrada, en la cual se veía el teocalli, templo dedicado por los indios al Marte mexicano Huitzilopochtli, deidad tutelar de la nación. Dióse principio a esta obra en 1573, por orden del rey Felipe II, siendo Arzobispo D. Pedro Moya de Contreras, habiendo antes para el efecto demolido el edificio que mandaron alzar Hernán Cortés y el arzobispo Zumárraga; y se concluyó el año 1657, bajo el gobierno de D. Fr. Marcos Ramírez de Prado; es decir, a los 94 años, cuyo costo, que ascendió a un millón setecientos cincuenta y dos mil duros, pagaron los reyes Felipe II, III, IV y Carlos II, llamado el Hechizado.

Esta magnífica catedral, que revela una época brillante a la nación Española, ocupa uno de los puntos principales de la plaza mayor y sus dimensiones son: 155.50 varas de norte a sur y de oriente a poniente 73, sin contar el terreno que hay desde su pie hasta el atrio, que pasa de 50 varas, el cual se ve circundado por el sur, oriente y poniente, de 124 columnas de dos varas de éstas, levantan su tupido follaje 77 fresnos, guardando el mismo orden que las columnas y en el espacio, formado por unas y otros, se dilata una ancha y esmerada acera, que contribuye a que hayan hecho de este sitio un paseo deleitoso.

Columnas y fresnos
del atrio
En cada uno de los extremos rectos de las cadenas, se eleva sobre dos espaciosas gradas que forman círculo, una cruz de dos y media varas de alto, a cuyo pie está enroscada una serpiente de piedra sobre una peana de cantería de cinco varas de alto, que sostiene en los cuatro lados de su parte superior cuatro calaveras también de piedra.

La puerta llamada de los canónigos que cae al oriente, está resguardada de un hermoso enrejado, con puertas también de fierro de cuatro y media varas de alto, que a distancia de 150 pies de las primeras se eleva, a cuyo lado queda el Colegio de infantes, sacristía y antesacristía; y por la parte del poniente, en la fachada que mira al Norte, están colocadas la sala de cabildo, clavería, contaduría de diezmos y la biblioteca pública de la iglesia, que es un edificio exterior, aunque contiguo a ella, que fue donada a la catedral por D. Luis y D. Cayetano Torres, ambos ilustres capitulares.

La fachada principal, que cae al sur, tiene tres puertas, cada una de ellas con dos cuerpos, siendo el primero de orden dórico y el segundo jónico, con estatuas y bajos relieves.

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Transcripción | Corrección | Reseñas

La altura de las torres, que son dos, cada una con igual número de cuerpos, el primero de orden dórico y jónico el segundo, sobre el que descansa una bóveda en figura de campana con una cruz de cantería encima de ella, es desde la parte superior de estas hasta la superficie del atrio, de 72 varas dos tercias y el costo de ellas de 199,000 duros.

Ambas torres, en las cornisas del primer cuerpo, están adornadas de una balaustrada de cantería con dieciséis jarrones de la misma materia cada una y el segundo, de ocho de estos últimos, acompañados de igual número de estatuas de altura colosal, que aún vistas desde el atrio, presentan un tamaño gigantesco, que representan a los Doctores de la Iglesia o Patriarcas de las Ordenes regulares.

Al costado de una de estas torres, hacia la parte que mira al poniente, se descubre a la altura de una y media varas de la superficie de la tierra, un reloj de sol, único instrumento astronómico que se conserva de los antiguos mexicanos: es todo de sólida piedra, con multitud de figuras labradas y su circunferencia es de trece y media varas: en el año de 1790 se desenterró de un lugar de la plaza de México, en que estaba oculto y se colocó en el que hoy ocupa.

Tránsito en la Plaza de la Constitución

En medio de las dos torres y sobre la puerta principal, se descubre un hermoso reloj con carátula de metal dorado, sobre el cual descansan tres estatuas, que representan las tres virtudes teologales, con los signos de sus atributos de metal dorado y el asta en que se coloca la bandera tricolor en los días de fiesta nacional.

De cuarenta y ocho campanas que hay en ambas torres, las más notables son: 1ª Santa María Guadalupe, cuya altura es de seis caras; 2ª Doña María, que pesa 150 quintales, y la 3ª llamada el Santo Ángel, de 596 arrobas.

Además de las tres puertas de la fachada principal y la de los canónigos ya referida, tiene otras tres, dos de las cuales están al norte, cuyo lado ocupa también en el exterior de la Catedral, la capilla de las Ánimas, donde se depositan los cadáveres del clero y la tercera al oriente.

La cúpula y linternilla, trabajadas con delicado gusto, cuya altura casi nivela con las torres, parecen desprenderse del centro de los multiplicados balaustrados de cantería que coronan todas las bóvedas de la catedral, como se desprenden un gran globo al impulso del gas para irse a perder en las nubes.

Interior de
la Catedral
El interior del edificio, que es de orden dórico, tiene magníficas y elevadas bóvedas: cinco naves, cerradas dos y abiertas tres; estas últimas con catorce machones con columnas por cada uno de sus cuatro lados, de cuyos capiteles se desprenden los arcos que van a posar en otros que están a su frente; y a los lados de las dos naves laterales, se ven distribuidas catorce capillas cerradas con balaustrados de fierro unas y de madera otras, además de seis altares, cuyos nombres son: de los Reyes, donde están los sepulcros de los virreyes en una bóveda, a la que se descienden del presbiterio por cinco escalones: 2º las Ánimas, 3º el Buen Despacho, 4º San José, 5º San Lorenzo y 6º el Perdón, en el que todos los días se dice misa cada media hora.

Entre las bóvedas y demás sitios del templo, se hallan repartidas 147 ventanas: y en el caso de la linternilla y cúpula, ya referidas, que son de figura octagonal, está pintada al fresco la Asunción de Nuestra Señora, a la cual sirve de fondo una gloria admirablemente desempeñada por el distinguido pintor español Jimeno y en diversos grupos se ven los Antiguos patriarcas y mujeres célebres de la historia sagrada del Antiguo Testamento, colocados sobre el cuerpo de luces que está en el primer término.

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Poesía | Cuento | Regularización

El coro, en su parte superior, se halla circunvalado de una hermosísima balaustrada de metal tumbaga, que está formando las tribunas, dentro de las cuales, y sobre los costados del primero, están colocados los dos mejores órganos que hay en la República, los que adornados en su remate de varias figuras doradas, llegan a tocar la alta bóveda de la iglesia; y en la parte inferior de él se ven dos gradas de asientos de exquisita y labrada madera formando círculo, destinados a los canónigos: completando la magnificencia de este sitio la gradería, enverjados y puertas, todo del metal expresado, siendo estas últimas de tan buen gusto por sus graciosas y multiplicadas labores, que la vista no se sacia de contemplarlas.

El presbiterio del altar de los Reyes y al cual se sube por siete gradas espaciosas que se hallan en los cuatro frentes del altar, está circundado de una balaustrada de metal tumbaga, que luego se dilata rectamente por ambos lados, hasta llegar al coro, adornada de sesenta y dos estatuas del mismo metal, cada una de las cuales tiene en su mano un candelero para colocar hachas.

Esta balaustrada o crujía y la portada principal del coro, ya referida, fueron fabricadas en Macao, ciudad China, siendo el peso de todas las piezas que la componen, 534 quintales. El número de confesionarios que se hallan repartidos en varios puntos de la iglesia, son diez.

Si admiración causa al viajero la sobresaliente arquitectura de este suntuoso templo y los demás adornos referidos, mayor sorpresa experimenta al analizar detenidamente la riqueza que guarda dentro de sus puertas y que procuraré describir con las más exactas minuciosidad.

Altar mayor
Coloquémonos en el mismo punto en que el dibujante que sacó la vista interior de la catedral a que acompaña este artículo, se puso y desde aquí podremos admirar ese altar mayor, al que se sube por siete espaciosas gradas que lo circundan y en medio del cual se eleva el majestuoso y alto ciprés, sostenido por ocho columnas vestidas de estuco, en cuyos dos primero cuerpos están las magníficas esculturas del tamaño natural que representan a los Apóstoles, Evangelistas y principales Santos, y sobre el tercero un grupo de ángeles, sobre los cuales se descubre a la Madre del Redentor.

Sí, fijemos la vista por un momento y los veremos heridos por el reflejo de multitud de luces que brillan como las cintilantes estrellas sobre un transparente lago: ya esos seis blandones de oro y esa cruz guarnecida de piedras preciosas, con su frontal y peana de lo mismo, y otra de filigrana, que resplandecen como el astro luminar del día: ya esos seis ramilletes, dos navetas, atriles, portapaces y palabreros, que son dos de cada especie y cuatro candeleros de la misma materia, que brillan como las estrellas en un cielo azul: todo esto reunido a veinte cálices de oro, seis vinajeras con sus platillos del mismo metal: un copon con 1,676 diamantes y 13 marcos de oro: un cáliz de 122 de los primeros, 132 rubíes, 143 esmeraldas, 106 mestizos, 44 rubíes y 8 zafiros en su reverso, siendo su peso de 88 marcos de oro: las 11 arañas de plata con 24 albortantes cada una; cálices, vinajeras, blandones, dos juegos de hacheros, compuestos de cuatro piezas cada uno: 4 saumadores de dos varas de alto: 3 estatuas: 1 sagrario e infinidad de ramilletes, dejan deslumbrada la vista del hombre; y mucho más la dejan cuando a tanta riqueza se agregaba la admirable imagen de la Asunción, toda de oro, que pesaba 6,984 castellanos, rodeada de ricas pedrerías y que se fundió, no sabemos por qué causa.

La custodia principal y muchas de las alhajas que posee la Catedral y parámetros eclesiásticos, son regalos que hizo el emperador Carlos V.

A un lado de la fachada principal de este templo, se eleva otro llamado el Sagrario, que se comunica interiormente con la Catedral: es de tres naves y a su lado tiene el despacho, la sacristía y una capilla que sirve de depósito para los cadáveres de la feligresía. Esta parroquia, que en otro punto podría lucir con más ventajas su hermosa fachada, es un lunar que desfigura mucho las bellas proporciones de la Catedral.

Una de las principales preciosidades de que se han visto obligados a deshacerse los canónigos, por carecer de fondos para componer los estragos que causó en Catedral el terrible terremoto de 1837, conocido por el de Santa Cecilia, fue una riquísima lámpara, de que he oído hacer mil elogios, costó 71,343 ps. 3 rs.: su altura era de 8 y media varas, su diámetro de 3 y medio y su circunferencia de 10 y media varas. Constaba de 54 candeleros y pendía de una cadena y perno de hierro que pesaban 1,650 libras.

Tal es la majestuosa Catedral de México que me ha tocado describir y cuyo interior con tanto acierto ha sabido presentar el dibujante.


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jueves, 9 de julio de 2020

MERCADO DE ITURBIDE

Ilustración de Niceto de Zamacois
Escritor, historiador y periodista

Una de las actividades predilectas en nuestro país es el comercio y en la Ciudad de México, durante el siglo XIX, se edificaron distintos edificios para ello. El mercado de Iturbide fue un lugar donde concurría un variopinto sector de la sociedad.

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A bastante distancia del centro de la ciudad y en punto que hace poco solo era una solitaria, sucia y repugnante plazuela, se descubre hoy pintoresca Plaza del mercado, que lleva el nombre del héroe de la Independencia de México, del inmortal Iturbide, tan grande como desgraciado.

El noble pensamiento de construir el edificio que nos ocupa, fue concebido por el Excmo. Ayuntamiento y la primera piedra la colocó el presidente de la República, D. José Joaquín de Herrera, el domingo 13 de mayo de 1849.

El arquitecto a quien se encomendó tan útil y necesaria obra, fue D. Enrique Griffon, bajo cuya dirección se terminó satisfactoriamente el día 21 de diciembre de 1849, esto es, a los siete meses de haberla empezado.

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Transcripción | Corrección | Reseñas

Comerciantes y
compradores
Concluida, pues, el señor gobernador del Distrito, que entonces lo era D. Miguel María Azcárate, uno de los hombres que con mayor celo han trabajado por el ornato y aseo de la ciudad, dispuso que se bendijera, y se abrió el día 27 de enero de 1850, a presencia de los señores jefes de las oficinas de Hacienda Municipal, D. José Ignacio Domínguez, de la contaduría; D. José Francisco Nájera, de la tesorería; D. Pedro de Solórzano, de la recaudación y del oficial mayor de la secretaría D. Leandro Estrada.

El edificio tiene de frente 40 varas y 20 de fondo: 108 tiendas interior y exteriormente, casi todas convertidas en carnicerías y tocinerías, una fuente en el centro y seis puertas, dos al Oriente, dos al Poniente, una al Sur y otra al Norte.

Aunque al expresado edificio se le da el nombre de plaza, esta sin embargo, no se reduce a él solo, sino que compone otro gran espacio de terreno, en medio del cual se encuentra el primero; terreno que está circundado por un balaustrado de madera, como se ve en la litografía a que acompaña este artículo y en el cual las verduleras, fruteras, queseras y los indios que venden tasajo, mantequilla, chorizos y gallinas, yacen bajo los sombrajos que cada cual coloca para guarecerse de los abrasadores rayos del sol.

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Poesía | Cuento | Regularización

Comerciantes y
compradores
Fijemos la vista en esa animada plaza y en ella veremos a alguna de esas chinas, semejantes a las manolas de España, de ojos árabes, de enaguas con lentejuelas hasta media pierna, dejando ver un pie en abreviatura, sin medida, y calzado por un zapato de raso verde, ceñida su estrecha y mórbida cintura por una banda (ceñidor) carmesí; mal cubierto el provocativo seno, por una camisa de lienzo sutil, bordada caprichosamente con sedas de colores, terciado con gracia el rebozo calandrio de caladas puntas y con las anchas trenzas de su negro pelo caídas hacia atrás y unidas con dos anchas cintas azules de raso; a su lado va su adorador, con el ancho sombrero jarano de inmensas alas, caído sobre la oreja derecha, embozado en el vistoso jorongo o manta, como en España la llaman, con el cigarro tras de la oreja izquierda y dejando ver bajo las costosas calzoneras, adornadas de tres docenas de botones de plata, un ancho calzón blanco que su compañera misma se esmeró en lavar y planchar.

En otro lado veremos a la sucia cocinera, al aguador acarreando agua de otra fuente que está junto a los sombrajos, al mendigo, al militar y, por último, a toda esa granuja o conjunto de muchachos sin oficio ni beneficio, que pululan por las plazas y que se ocupan en ver lo que pueden coger de aquello que pertenecen al prójimo.

Pero el sonido de las campanas de esas dos iglesias, llamadas San Juan de la Penitencia y San José, cuyas torres se ven detrás del edificio de la plaza, llaman en este instante a misa a todos los fieles y por lo mismo es preciso terminar aquí el artículo, para cumplir con uno de los deberes del cristiano.


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miércoles, 8 de julio de 2020

TRAJES MEXICANOS

(Campesinos o rancheros)
Ilustración de Niceto de Zamacois
Escritor, historiador y periodista

El ranchero fue un personaje representativo en la sociedad mexicana en el siglo XIX. Su vestimenta fue vista por los extranjeros «con interés y gusto».

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Los campesinos conocidos en España con el nombre de aldeanos y el fértil suelo de Moctezuma en el de rancheros, derivado de la palabra rancho, aplicada en la república mexicana a todo lugar en que hay algunas casuchas habitadas por los que se ocupan en todo aquello que pertenece al campo, son los que forman verdaderamente el tipo nacional, tanto por las costumbres originales que los distinguen, cuanto por agradable y pintoresco traje que visten.

El ranchero mexicano es hombre franco, sencillo, valiente y hospitalario: sus costumbres son puras, sus necesidades pocas, su ambición ninguna, su diversión favorita el caballo, su arma temible el lazo y a nadie cede en nobles sentimientos. Promuévasele alguna conversación de un asunto difícil y después de manifestar un talento natural y despejado, concluirá diciendo con franqueza, que teme haberse equivocado y añadirá luego estas palabras, que revelan su decidida afición a la vida del campo:

—Señor amo, yo en eso de que me ha platicado su mercé, no estoy ducho: a mí hábleme su mercé de colear un toro, de montar una mula serrera, de lazar y a esto me rifo con el mejor, lo digo quedito y recio, aquí donde quera. Sí, señor amor, no es por echarme de lado; pero en mi caballo jobero, ¡ave María Purísima!, no le tengo miedo a naiden. ¡Ah! qué jobero, señor amo; solo le falta hablar, señor amo; pero en lo demás, con perdón de su mercé, tiene más entendimiento que yo. ¡Ah! ¡qué cuaco tan desengañado!, lo mesmo es que devise que echo mano al machete, cuando él solito se va. ¡Buen cuaco, señor amo, buen cuaco!

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Transcripción | Corrección | Reseñas

Indígena y ranchero
mexicanos
La diversión favorita de los rancheros es, cuando tratan de celebrar alguna boda u otro acontecimiento notable, el travesear con los animales, como ellos dicen; y la cual tiene efecto en un gran corral, en que soltando un toro, corren tras él a caballo, y asiéndole, el que primero le alcanza, con la mano derecha de la cola, y alzando en el acto la pierna, a lo cual llaman meter arcion, y colocándola sobre el brazo para afirmar este, logran derribar al toro, siguiendo el caballo a toda velocidad la carrera: a esto se agrega el lazar, lo cual lo hacen también a caballo, provistos de una larga reata, que formando al arrojarla sobre la bestia que se trata de coger, un lazo corredizo abierto, cae sobre el punto que ellos quieren, y afianzando entonces el extremo de la reata en la cabeza de la silla, sobre la cual están montados, el animal lazado, que continúa corriendo, se ve detenido de repente por el lazo que se cierra violentamente.

Pero si peligrosas y varoniles son ambas cosas, no lo es menos lo que los rancheros llaman bordear al becerro, lo cual consiste en lanzarse a pie, sin temor sobre la tierra y apoderándose con una mano de la oreja derecha y con la otra del morro, torcer con un violento esfuerzo el pescuezo del animal, logrando de esta suerte derribarlo en tierra.

Examinemos ahora el traje del ranchero, de ese hombre que parece que le han clavado a la silla del caballo, según lo firme y bien sentado que va en ella. ¿Qué vestido más propio para montar sobre un arrogante alazán que el suyo? Los extranjeros lo miran con interés y gusto, y aplauden entre sí la feliz idea del que lo inventó, como la aplaudí yo, cuando al venir de España puede admirar tan pintoresco traje.

Veamos detenidamente a ese ranchero que está de pie en la estampa correspondiente a este artículo y que figura que acaba de desmontar: veámosle, repito, vestido al uso enteramente nacional del campo, con calzoneras abiertas con botonaduras de plata, dejando ver un ancho calzón blanco, sujetado este un poco más abajo de la rodilla, por la bota campanera, bordada de colores, que cae hasta cubrir casi enteramente al pie y asegurada por una hermosa liga, entre la cual y la bota, lleva un cuchillo en vaina de acero para cortar la reata: su airosa cotona, especie de chaqueta que participa de la hechura del jubón y de la chaquetilla que usan los andaluces, de cuero café y sobre cuyos hombros y espalda cuelgan porción de alamares de plata; su redondo sobrero jarano de anchas alas, galoneadas con cinta de oro, grandes chapetas de plata, gruesa toquilla de oro con amarres de plata, su encarnado ceñidor de seda con borlas de oro caídas hacia atrás, una riquísima manga de paño morado, galoneada del mismo metal y colocada sobre la cabeza de la silla, guarnecida también de plata; figurémosle antes de apearse, sentado sobre un arrogante caballo obediente a la brida, cubierta la redonda anca del brioso animal, con una vistosa anquera, como la que manifiesta el corcel del que está montado, llevando la temible reata en los tientos y la espada colgada en la cabeza de la silla y colocada debajo de la pierna para que no vaya molestando con el movimiento del caballo y tendremos una idea exacta de lo que es el ranchero mexicano.

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Familia indígena
En la estampa a que hace referencia este artículo, el dibujante ha colocado al ranchero y al indio, únicos que se ocupan en hacer producir la tierra, con la mayor naturalidad y perfección. Al primero le ha dado aquel aire simpático que revela un corazón independiente y franco, a la vez que al segundo le presenta con esa humildad y abatimiento que manifiesta una alma apocada que le constituye en un ser sumiso, degradado y servil.

No hay más que ver el miserable traje que viste, para que podamos comprender la triste vida que pasa: ahí lo tenéis desprovisto de camisa y mal cubierto el pecho y la espalda con un pedazo de jerguilla de ordinaria lana tejida por él y formado el resto de su vestido un sucio calzón de tela ordinaria de algodón, un asqueroso sobrero de paja o de petate como él le llama y son otro calzado que el de la mugre y el lodo que ostenta en unos pies que jamás lava.

El otro grupo forma el complemento de la miseria y de las ningunas exigencias de esa raza que tanto ha degenerado de los antiguos aztecas: ahí tenéis a ese muchacho en camisa y provisto de un gran palo, derribando las tunas, (higos chumbos) que le producirá a la familia en el mercado, un real o real y medio; sentada y debajo del tunal, yace tranquila la india, de tez bronceada, nariz chata, ojos grandes negros, pelo grueso de azabache y lacio, entrelazadas las trenzas con cordones de lana encarnada, cubiertos los hombros con una tela de lana listada de colores, a que dan el nombre de quitzquémel y que metiendo la cabeza por una abertura que tiene en medio, cae sobre el pecho y la espalda; que ostenta por enaguas una tela ordinaria de lana azul listada y raída ceñida al cuerpo, sostenida por ancho ceñidor de algodón y sin otro calzado que aquel que usó Eva antes de comer la fatal manzana.

El indio viene a ser como el criado del ranchero; el triste peón que trabaja todo el día por dos reales; que vive en una miserable choza, sin más cama que un petate, ni más sábanas que la raída frazada que de día le sirve de capa y que no tiene otros días de recreo, que aquellos en que se celebra la fiesta del santo de la Iglesia o capilla del pueblo o rancho en que vive.


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EL CALVARIO

(CARTA XLI)

Celebración concurrida en el antiguo pueblo de San Agustín de las Cuevas, hoy Tlalpan, en el siglo XIX, fue la «Pascua del Espíritu Santo» o Pentecostés. A ella acudían personas de todas partes de la Ciudad de México a la Capilla del Calvario.

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10 de junio

¡Hace ya un año que os escribía de San Agustín! Se fue un año volando para sumarse al giro del siglo. Y otra vez, en una mañana resplandeciente de junio, salimos para el hospitalario San Antonio, adonde estábamos invitados a desayunar y a pasar la noche del segundo día de la fiesta. Nos encontramos con una brillante concurrencia: la familia de la casa con todos sus vástagos, el ex ministro Cuevas con su hermosa cuñada; La Güera Rodríguez con una de sus guapas nietas (hija del Marqués de Guadalupe, que hace su primera aparición en sociedad), y otras varias agradables personas.

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Transcripción | Corrección | Reseñas

El Calvario:
concurrencia
a las fiestas
San Agustín parecía aún más alegre y más concurrido que en el año anterior. Pasamos el día con los Escandón, y con ello fuimos a un palco en la Plaza de los Gallos, espectáculo que no tenía ningunos deseos de volver a ver, debo confesarlo, pero fui en obsequio de los que aún no lo habían visto.

El coup d’oeil era por demás alegre y llamaba la atención los progresos que han hechos las señoras en su manera de vestir desde el año pasado. Ninguna de las más elegantes llevaban diamantes o perlas. Los sombreros eran casi todos parisienses, y también la mayoría de los trajes.

Uno de los palcos parecía un verdadero parterre de flores. Las señoras de nuestro grupo llevaban vestidos y sobreros tan sencillos, tan frescos y elegantes como pudieran verse en cualquier parte del mundo. Una joven heredera y con título, recién llegada de sus lejanas posesiones, llevaba un vestido de raso rosa y sombrero de plumas, y pudimos notar que, de acuerdo con la antigua costumbre que priva a San Agustín, cambió de vestido cuatro o cinco veces al día.

Pero en vano se acicalan las señoras, en vano sonríen, en vano tratan de realzar su belleza; bien poco se piensa en ellas estos días en comparación del todopoderoso, del que todo lo infesta; y aun se susurra que una de las causa de que San Agustín este año se vea más concurrido que de costumbre, se debe a que muchas casas de comercio están amenazadas de quiebra, por lo que sus jefes o sus administradores se encuentran aquí con la exasperada esperanza de rehacer sus maltrechas fortunas.

En muchas casas particulares se organizan pequeñas partidas de juego entre los que no les agrada mucho frecuentar las públicas; más todo el mundo, unos más y otros menos, está interesado, hasta los extranjeros, hasta las mujeres, hasta nosotros. De cuando en cuando llegan noticias, siempre recibidas con profundo interés, acerca de las fluctuaciones de las bancas, de las pérdidas y ganancias de tal o cual persona, o sobre el resultado de una vaca (especie de bolsa en común en la cual cada uno de los jugadores pone dos o tres onzas). Suelen ser estos noticieros unos trotacasas de juego que exponen solo algunas onzas y prefieren la sociedad de las damas a la de los talladores de Monte. Por lo general, son extranjeros, principalmente ingleses.

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El Calvario:
concurrencia
a las fiestas
El camino al Calvario, donde como es costumbre había un baile esta tarde, estaba atascado por un sinfín de carruajes, y el cerro mismo cubierto de un gentío que bailaba alegremente cuanto se lo podía permitir la enorme multitud. Esto era realmente de un popular tolerable. Las mujeres, por la mayor parte, estaban vestidas como solían vestirse las pertenecientes a las mejores clases de México años atrás, no muchos quizás (y como todavía van muchas en el campo), con vestidos con blondas, enaguas cortas, medias de seda caladas y zapatos de raso blanco, y una variedad de sombreros extravagantes nunca vistos desde los días en que les Anglaises pour rire pusieron por primera vez el pie en las playas galicianas.

Algunos parecían diminutos campanarios; otros, morriones; los había como pilones de azúcar, y los más eran, al parecer, hijos de la circunstancia y para salir del paso. Promiscuaban los sombreros con algunos graciosos y bonitos vestidos de Herbault y de París, pero pertenecían a clases más elegantes. La escena resultaba divertida por su variedad; pero no nos quedamos mucho rato, porque amenazaba lluvia. Cuando volvimos la vista hacia el cerro, nos pareció ver una multitud de mariposas bailando con hormigas negras.

Regresamos a la casa de los Escandón para cenar; la comida estuvo magnífica y enteramente a la francesa. Había como veintiocho personas, y algunas de ellas tenían más bien cara de haber perdido en el juego. Hubo música después de comer y se conversó acerca de las ocurrencias y los pronósticos del día, hasta que fue tiempo de vestirse para ir al baile a la plaza.

Madame Calderón de la Barca


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lunes, 6 de julio de 2020

EL VALLE DE MÉXICO

(Tomado desde las alturas)
Ilustración de Niceto de Zamacois
Escritor, historiador y periodista

En el siglo XIX, el Valle de México era un paisaje hermoso, digno de ver. Con los volcanes, la sierra y el lago como telón de fondo y al centro la Ciudad de México, erguida como «la reina de las capitales del Nuevo Mundo».

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Desde esta dominante altura, en que el hábil dibujante se colocó para presentar con tanta perfección sobre el papel, la vista general de México, a la vez que su dilatado valle, se disfruta una vista verdaderamente deliciosa: un pintoresco panorama se descorre ante los ojos del observador; y el alma, al contemplar ese conjunto de bellezas que la pródiga naturaleza desenvuelve majestuosamente, se juzga transportada a un delicioso Edén, que brinda al hombre a una felicidad sin guarismos.

Desde aquí se descubre en primer término el Colegio Militar; ese magnífico edificio, colocado en la eminencia del frondoso y antediluviano bosque de Chapultepec, cuyos canosos árboles inspiran un respeto indefinible, al recordar, que bajo su sombra descansan los poderosos emperadores aztecas, y que en tan agradable recinto, propiedad de la familia imperial, no podían poner su planta sino los grandes del reino y eso despojándose primero del rico calzado que llevaban.

Sí; ahí tenéis ese grandioso edificio de agradable arquitectura, en que arrogante domina esa torre de dos cuerpos, llamada el Caballero Alto, donde pereció, en 1847, combatiendo por la libertad de su patria, el recomendable general don Juan Nepomuceno Pérez Castro.

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Transcripción | Corrección | Reseñas

El Valle de México
desde Chapultepec
Ved desde aquí la reina de las ciudades del Nuevo Mundo: ved ahí a la incomparable de México recostada en ese anchuroso valle, de figura oval, que tiene en su mayor anchura 12 y media leguas, de largo 18 y media, y a quien rodea, como otros tantos centinelas, una pintoresca cordillera de montañas en que el pórfido, la amigdaloida porosa, conocida en México por tezontle, el basalto, la obsidiana y otra porción de especies diferentes de lava, la acompañan.

Vedla ahí muellemente mecida entre transparente lagos, inmensos espejos en que se retratan de día los dorados rayos de un sol abrasador en un cielo purísimo de azul y plata, y en la callada noche cintilantes y refulgentes estrellas que, cual si otros ojos de la Providencia fueran, parecen velar por la salvación del género humano.

Ved ahí a la antigua Mexitli, que significa «ombligo de maguey», conocida también con el nombre de Tenochtitlan, que quiere decir «tunal sobre piedra», la de históricos recuerdos, la Venecia de la América, cuyos floríferos canales se cubrieron de sangre y de cadáveres en la heroica defensa que los antiguos y valerosos aztecas, bajo las órdenes de su indómito emperador Guatimotzin, hicieron contra el célebre Hernán Cortés, sosteniendo un horroroso sitio que duró tres meses y en que perecieron de parte de los sitiados más de 200,000 hombres.

Vedla, sí, y después de traer a la memoria su fundación por los aztecas el 18 de julio de 1327(1), esto es, dos siglos antes de que los españoles descubrieran estas fértiles regiones, dirigid la vista a esos elevadísimos gigantes que se ostentan perpetuamente cubiertos de nieve y en toda su magnificencia, montañas colosales de la cordillera de México, llamadas, la uno Popocatépetl, que significa «monte que arroja humo» y que es un verdadero volcán que tiene de altura 5,400 metros sobre el nivel del mar, al cual subió, en 1519, el intrépido capitán español don Diego de Ordaz, y la otra denominada Iztaccíhuatl, que quiere decir «la mujer blanca».

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El Valle de México:
acueducto
Contemplad ahora el valle en general y os sorprenderéis con la prodigiosa cuanto variada vegetación que en todo él se ostenta, y con los fenómenos verdaderamente extraordinarios que en sus elevadas y risueñas cordilleras se presentan. Ahí tenéis el cerro Talapon y el Ajusco, que siendo el más próximo a la ciudad, tiene su cúspide a 13,140 pies sobre el nivel del mar: aquí el pintoresco Molino del Rey, célebre por la sangrienta batalla presentada el día 8 de septiembre de 1847, por los mexicanos a los invasores del norte, en la cual perecieron valerosamente y cubiertos de honor los dignos generales don Lucas Balderas y el siempre sentido don Antonio León.

Contemplad ahora esas admirables calzadas, cubiertas por una y otra parte de copados árboles, detrás de los cuales descuellan sus elevadas y blancas torres, heridas por los ardientes rayos del sol, más de sesenta templos católicos, entre los cuales descuellan con arrogante magisterio, las gigantescas torres de la magnífica catedral que parecen irse a perder en las nubes: penetrad después en el interior des es populosa ciudad por cualquiera de las seis espaciosas garitas que la adornan y veréis que norte a sur mide, entre las garitas, 4,340 varas y de este a oeste 3,640, lo cual da una superficie de unos tres quintos de legua cuadrada.

Deteneos en sus magníficos paseos y examinad en el de Bucareli esa colosal estatua de Carlos IV, toda de bronce, en que el célebre artista español Tolsa, dejó inmortalizado su nombre: dirigid después los pasos al delicioso punto de la Viga y allí quedaréis enajenados, como quedé yo al venir de España, al contemplar sobre las aguas del pintoresco canal, ese considerable número de canoas llenas de personas que van unas a Santanita, bailando a los acordes del arpa y la jaranita (tiple), el bullicioso jarabe, especie de zapateado español, y otras que vuelven, coronadas de brillantes flores, cogidas en las deliciosas chinampas o jardines flotantes cultivados por los indios y cantando algunas de esas canciones populares que envuelven conceptos equívocos y picarescos.

Embarcaos para ir a Xochimilco, que significa «campo de flores»; mezclaos entre la multitud que se entretiene columpiándose, bailando y merendando; y estoy seguro que después de haber disfrutado de todo y de haber recorrido a la vuelta de vuestro paseo las anchas calles que cuenta la antigua Mexitli, contemplado sus magníficos edificios y visitado la pintoresca ribera de San Cosme, donde parece que la Providencia se esmeró en derramar abundantemente sus dones, exclamaréis conmigo, México es la ciudad más hermosa del Nuevo Mundo.


1 Aquí el autor comete un error en la datación. La fecha correcta de la fundación de México-Tenochtitlan es el 20 de junio de 1325.

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miércoles, 1 de julio de 2020

TRAJES MEXICANOS

(Soldados del sur)
Ilustración de Niceto de Zamacois
Escritor, historiador y periodista

Como consecuencia de las continuas guerras que asolaron México en el siglo XIX, muchos hombres se enlistaron para luchar por sus ideales. Conoce las peculiaridades de la vestimenta de los soldados del sur y las circunstancias de su vida.

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El sur, esta parte la más cálida, feraz, montuosa y malsana de México, ha sido en todos los tiempos, y muy particularmente desde que el cura Hidalgo tremoló el pendón de la Independencia de esta gran nación, el punto en que se ha mantenido la chispa de la libertad, que a la aparición de algún gobierno tiránico, se ha inflamado, cundiendo de ella el incendio que, agitado por el huracán de las revoluciones, ha convertido siempre en cenizas el poder de los que han querido imponer el yugo de la esclavitud a los hijos de este rico y espléndido país.

Las montañas del sur merecen sin duda, porque han sido el teatro de sangrientas luchas, ser descritas minuciosamente por plumas imparciales y bien cortadas; empero en tanto que a escritores distinguidos dejamos tan penosa y útil tarea, nos ocuparemos nosotros de dar a nuestros lectores, una ligera idea de los hombres que las habitan y que se ven perfectamente dibujados en la estampa que corresponde a este artículo.

La gente que habita el sur, es en lo general, como toda la que vive en país abrasador, de complexión débil, de color cetrino, facciones toscas y áspero cabello: entre ella hay un gran número de negros y abundan los pintos, llamados así porque en su rostro y en todo su cuerpo, se ven manchas amarillas, negras, rojas, azules, blancas y verdes, que les dan un aspecto repugnante.

Los hijos de ese punto abrasador que nos ocupa, viven, exceptuando la gente principal, en cuadrilla, esto es, reunidos en un lugar en que levantan diez o doce chozas y que lo abandonan cuando lo creen conveniente, para habitar en otro, llevándose con ello las barracas.

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Transcripción | Corrección | Reseñas

Soldados del sur
El alimento de estos hombres, que no tienen más ambición que el de vivir en completa independencia, se reduce a tasajo, pimientos (chile, entre ellos) y totopo, llamado así a una masa de maíz molido en una piedra, conocida con el nombre de metate, masa que, aplastándola entre las palmas de las manos hasta darla la forma de una ancha oblea, la tuestan en una especie de plato poroso de ordinario barro, que llaman comal.

El vestido que llevan los hombre, se compone de calzoncillo ancho de tela ordinaria de algodón, a que dan el nombre de manta, camisa de lo mismo, los que la tienen, que son muy pocos (pues los más andan con la que heredaron de nuestro primer padre), que la usan sobre los calzones, como se nota en la estampa; sombrero de petate (paja ordinaria) y zapatos de cuero exquisito, fino y particular que Dios ha colocado en cada criatura desde el instante que nace. El arma favorita de tales hombres es el machete, sable ancho y tosco, que jamás lo apartan de la cintura, que ni para acostarse se despojan de él, que parece forma una parte de su ser y que constantemente están afilando.

La feracidad de las montañas del sur, su clima excesivamente caluroso y las pocas o ningunas necesidades que en él tienen sus hijos, influye tan poderosamente en los ánimos, que la indolencia es una de las cosas que caracteriza a sus habitantes y esa indolencia llega a tal grado, que cuando necesitan llevar agua a sus barracas, colocan sobre un caballo cuatro cántaros, dos delante y dos detrás; y montando luego ellos, penetran así en las barrancas abundantes de agua; y entrando por un lado y saliendo por el otro, consiguen que los expresados cántaros se llenen por sí solos sin necesidad de que ellos se molesten en cargar y descargar.

En este original y pintoresco país, en que apenas es preciso trabajar para vivir, las mujeres son las que más ocupaciones tienen, aunque tampoco son muchas. Visten estas mujeres, cuya belleza solo es comparable con la que hemos manifestado que tiene los hombres, enaguas de tela ordinaria de algodón; en vez de camisa usan un lienzo cerrado por la espalda y el pecho y abierto por los lados para sacar los brazos; medias de carne natural y zapatos de lo mismo. Sus hijos pequeñuelos, si son varones, ostentan en todo su rigor el traje que usó Adán antes del pecado; pero si son hembras, el de Eva.

Los bailes de estos habitantes felices, negativamente, son sumamente estrepitosos y la música melancólica y rara.

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Soldados del sur
La hermosa estampa litográfica por el célebre ciudadano francés D. José Decaen y dibujada por el aplicado joven mexicano don Casimiro Castro, representa a esos mismos hijos del sur, que entraron en México después de la caída del general Santa Anna en 1855. El lugar que ocuparon, es el cuartel formado en el convento de San Francisco, en la calle de San Juan de Letrán y el traje que visten, el mismo con que entró el ejército del sur en la capital de la República Mexicana, en medio de un numeroso pueblo, curioso de verle, a fines del años de 1855.

Como verán nuestros lectores, el uniforme no se diferencia del traje común, de que ya llevamos hablado, sino en que llevan encima de la camisa, una fornitura, al hombro el fusil y en el sombrero el letrero, que dice, soldados del sur. Gran parte de la oficialidad, de capitanes para abajo, entraron vestidos de la misma manera que los soldados, no teniendo otro distintivo que el de llevar las presillas cosidas en los hombros de la camisa o en los de una chaqueta de dril blanco.

Como no era la subordinación lo que más recomendaba a este ejército, ni su uniforme era el más a propósito para inspirar simpatías entre los habitantes de una población acostumbrada a ver perfectamente equipada a la tropa de línea, pronto llegaron a suscitarse entre el pueblo bajo, pendenciero por naturaleza y los soldados del sur, quimeristas por costumbre, riñas de consideración, en las que armados de piedras el primero y de machetes los segundos, había muertes y desgracias, que ponían en consternación la ciudad.

Mucho más pudiéramos decir sobre los hijos de las feraces montañas del sur, país exuberante, a la vez que mortífero y lleno de animales ponzoñosos; pero la estrechez de las páginas nos obliga a terminar aquí nuestro artículo.


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