Mostrando entradas con la etiqueta mesopotamia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mesopotamia. Mostrar todas las entradas

jueves, 12 de noviembre de 2015

LOS JARDINES COLGANTES

Juan Manuel Pérez García
Escritor, editor y docente

Una de las siete maravillas del mundo antiguo que cautiva la imaginación del hombre y de la cual se narran gran número de leyendas, pero hasta la fecha no hay evidencia arqueológica que confirme su existencia.

Banner de Lemnos Drawing
Editoriales | Académicos

Mesopotamia, patria bendecida por los afluentes del Tigris y el Éufrates. Llanura aluvial, tierra fértil. Paraíso edénico rodeado por la estepa y el desierto. Senaar, en hebreo. El país de Babel, Erec, Acad y Calme, comienzo del reino de Nimrod, vigoroso cazador, quien llegó a ser el primer poderoso en la tierra. Miyanrudan, en persa. La tierra entre ríos, conquistada por Ciro, tras la muerte de Baltasar. Asiento de Babilonia y Nínive, ciudades deseadas y temidas, admiradas y deshonradas.

Territorio donde se forjaron los pasajes legendarios de héroes como Ziusudra, Enmerkar, Lugalbanda y Gilgamesh. Región gobernada por reyes carismáticos, poderosos, sabios y, en algunas ocasiones, terriblemente crueles. Llegan hasta nosotros nombres como Sargón, Hammurabi, Senaquerib, Asurbanipal y Nabucodonosor. Dominio de Marduk, dios creador del universo a partir de las entrañas y los miembros desmembrados de Tiamat, la bestia cósmica, madre del caos y la oscuridad. Nación de Inanna e Ishtar, divinidades de la fertilidad, vacas de agradable mugido, hieródulas del cielo, vírgenes revestidas de amor, henchidas de seducción, encanto y voluptuosidad.

Muchas historias fantásticas se han creado y tejido entorno a este país, envuelto siempre por un hálito de misterio y exotismo. Ejemplo de esto es Babel, lugar mítico donde la lengua del hombre se confundió, como castigo a su soberbia, por construir una torre que alcanzara el distante cielo, bajo las órdenes de Nimrod; como se menciona en el libro del Génesis y quien fue conocido como Nino entre los griegos.

Semíramis, reina
de Asiria
Este gran conquistador tomó por consorte a una hermosa mujer llamada Semíramis. A ella la tradición griega la recuerda como la soberana quien, tras la muerte de su esposo, gobernó por 42 años un imperio que se extendía desde Etiopía hasta la India. Emperatriz prodigiosa que fundó un gran número de ciudades, entre ellas Babilonia, con una muralla de tierra cocida de gran altura rodeándola, con palacios magníficos y hermosos jardines colgantes. Urbe que sirvió de escenario en el trágico amor de Píramo y Tisbe, los jóvenes más bellos que el Oriente tuvo (Cf., Ovidio, 1998, p.49). Bellas leyendas que han conquistado el corazón de muchos incrédulos, con detalles románticos y coloridos, con ropajes de fantasía y portento; «pero todo esto es inventado, todo es producto de una galopante imaginación» (Asimov, 1983, p. 93).

Mesopotamia ha seducido durante milenios a un gran número de personas. Ellas se han visto atraídas por el arte, la cultura, la religión que los pueblos asentados en ella crearon; pero sin duda, son estas narraciones revestidas de esplendor y grandeza quienes más han cautivado la mente de los hombres. De éstas, todas aquellas que giran en torno a dos objetos legendarios se han destacado. Existen dos elementos que con mayor fuerza embelesaron la imaginación de la humanidad: la ciudad de Babilonia y los Jardines Colgantes. La primera, según la describe Herodoto:

La ciudad de Babilonia

Situada en una gran llanura, viene a formar un cuadro, cuyos lados tienen cada uno de frente ciento veinte estadios, de suerte que el ámbito de toda ella es de cuatrocientos ochenta. Sus obras de fortificación y ornato son las más perfectas de cuantas ciudades conocemos. Primeramente la rodea un foso profundo, ancho y lleno de agua. Después la ciñen unas murallas que tienen de ancho cincuenta codos reales, y de alto hasta doscientos.

El autor nacido en Halicarnaso continúa y afirma:

La ciudad está dividida en dos partes por el río Éufrates, que pasa por medio de ellas. […] La muralla, por entre ambas partes, haciendo un recodo llega a dar con el río, y desde allí empieza una pared echa de ladrillos cocidos, la cual va siguiendo las orillas del río. La urbe, llena de casas de tres y cuatro pisos, está cortada con unas calles rectas, así las que corren a lo largo, como las trasversales que cruzan por ellas y van a parar al río. Cada una de éstas últimas tiene una puerta de bronce en el muro que se extiende por las márgenes del Éufrates.

A todo lo anterior agrega:

En medio de cada uno de los dos grandes cuarteles en que la ciudad se divide, hay levantados dos alcázares. En el uno está el palacio real, rodeado con un muro grande y de resistencia, y en el otro un templo de Júpiter Belo con sus puertas de bronce. Este templo, que todavía duraba en mis días, es cuadrado y cada uno de sus lados tiene dos estadios. En medio de él se fabricaba una torre maciza que tiene un estadio de altura y otro de espesor. Sobre esta se levanta otra segunda, después una tercera, y así sucesivamente hasta llegar al número de ocho torres.

Alrededor de todas ellas hay una escalera por la parte exterior, y en la mitad de las escaleras un rellano con asientos, donde pueden descansar los que suben. En la última torre se encuentra una capilla, y dentro de ella una gran cama magníficamente dispuesta, y a su lado una mesa de oro (Herodoto, Libro I, CLXXVIII-CLXXXI).

Banner de los servicios editoriales de Lemnos Drawing
Transcripción | Corrección | Reseñas

En la anterior descripción, Herodoto detalla elementos importantes de la ciudad de Babilonia. Uno de éstos es la alta y fuerte muralla que la protegía de ataques enemigos. Menciona que el afluente del Éufrates atravesaba a la metrópoli mesopotámica y la dividía en dos grandes sectores; los cuales, él mismo señala más adelante, se encontraban unidos por un puente, construido por otra reina, envuelta también por la leyenda, de nombre Nitocris. Habla sobre Etemenanki, zigurat consagrado al dios Marduk que la tradición hebrea inmortalizó en el libro del Génesis y es conocido como la Torre de Babel. Sin embargo, el historiador griego no hace mención alguna a los Jardines Colgantes.

Información precisa acerca de estos afamados vergeles provienen de otro escritor de la misma nación griega, pero del siglo I a. C., Diodoro Sículo, quien en su obra Biblioteca histórica dice:

Estaban también, junto a la acrópolis, los llamados Jardines Colgantes, obra, no de Semíramis, sino de un rey sirio posterior que los construyó para dar gusto a una concubina; dicen que ésta, en efecto, era de raza persa y sentía nostalgia de los prados de sus montañas, por lo que pidió al rey que imitara, mediante la diestra práctica de la jardinería, el paisaje característico de Persia.

Cada lado del parque tenía una extensión de cuatro pletros; su acceso era en talud, como el de una colina, y las edificaciones se sucedían unas a otras ininterrumpidamente, de modo que el aspecto era el de un teatro. Las terrazas fueron hechas de modo que bajo cada una de ellas quedasen pasadizos de fábrica, que soportaban todo el peso del jardín y se iban levantando en el escalonamiento, elevándose poco a poco los unos sobre los otros de un modo paulatino e ininterrumpido.

Más adelante menciona

Sobre éstas [terrazas] se había acumulado un espesor de tierra suficiente para las raíces de los árboles de mayor tamaño; el suelo, una vez que fue nivelado, estaba lleno de árboles de todas las especies que pudiesen, por su tamaño o por sus atractivos, seducir el espíritu de los que los contemplasen. Los pasadizos, al recibir la luz por encontrarse los unos más elevados que los otros, contenían muchas estancias regias de todo tipo; había una que contenía perforaciones procedentes de la superficie superior y máquinas para bombear agua, mediante las cuales se elevaba una gran cantidad del río, sin que nadie situado en el exterior pudiese ver lo que ocurría (Apud., Montero, p. 179).

Jardines
Colgantes
Esta descripción es muy detallada y nos permite imaginar el esplendor y belleza que tan magnífica obra pudo tener; así como la tecnología empleada en la misma, mediante la cual los arquitectos e ingenieros mesopotámicos resolvieron los inconvenientes que la edificación presentó; mas en la narración se puede observar una imprecisión geográfica. Si bien señala que los Jardines Colgantes no fueron obra de Semíramis, Diodoro asevera que fue un rey sirio posterior a ella quien ordenó su construcción. Queda claro como en el autor existe una confusión, que deja ver que entre los escritores grecolatinos existen muchas lagunas sobre Mesopotamia y las regiones que la circundan.

Estrabón fue un geógrafo e historiador griego contemporáneo del anterior, quien en su obra: Geografía, habla del mismo tema y contribuye a su conocimiento:

El jardín consta de terrazas abovedadas alzadas unas sobre otras, que descansan sobre pilares cúbicos. Éstas son ahuecadas y rellenas con tierra para permitir la plantación de árboles de gran tamaño. Los pilares, las bóvedas, y las terrazas están construidas con ladrillo cocido y asfalto.

El piso más alto tiene escaleras para subir a él y conchas adyacentes a ellas mismas, mediante las cuales se lleva continuamente agua procedente del río Éufrates a los jardines por hombres colocados con este objeto. Pues el río fluye por el centro de la ciudad, ocupando la anchura de un estadio; los jardines están, por cierto, en la ribera del río (Apud., Bueno, p. 4).

Por otra parte el historiador judío-fariseo Flavio Josefo, que vivió en el siglo I d. C., en su obra: Contra Apión, menciona:

Nabucodonosor II construyó un nuevo palacio. En este palacio hizo construir altas terrazas de piedra, dándoles aspecto de colinas. Plantó árboles de todas clases, y ejecutó y dispuso el llamado jardín colgante, porque su esposa que había sido criada en Media, le gustaban los lugares montañosos (Apud., Bueno, p. 3).

Banner de servicios académicos de Lemnos Drawing
Poesía | Cuento | Regularización

Otro texto que ofrece datos sobre ellos es: Las siete maravillas del mundo (en latín De septem mundi miraculis), erróneamente atribuida a Filón de Bizancio, escritor, también griego, del siglo III a. C.; sin embargo el libro pertenece al siglo VI d. C., según los estudiosos. En él se dice:

Crecen allí los árboles de hoja ancha y palmeras, flores de todas clases y colores y, en una palabra, todo lo que es más placentero a la vista y más grato gozar. Se labra el lugar como se hace en las tierras de labor y los cuidados de los renuevos se realizan más o menos como en suelo firme, pero lo arable está por encima de las cabezas de los que andan por entre las columnas de abajo.

Las conducciones de agua, al venir de fuentes que están en lo alto a la derecha, unas corren rectas y en pendiente, otras son impulsadas hacia arriba en caracol, obligadas a subir en espiral por medio de ingeniosas máquinas. Recogidas arriba en sólidos y dilatados estanques, riegan todo el jardín, impregnan hasta lo hondo las raíces de las plantas y conservan húmeda la tierra, por lo que, naturalmente, el césped está siempre verde y las hojas de los árboles, que brotan de tiernas ramas, se cubren de rocío y se mueven al viento. La raíz, nunca sedienta, chupa el humor de las aguas que corren por doquier y, vagando bajo tierra en hilos que se entrelazan inextricablemente, asegura un crecimiento constante de los árboles. Es un capricho de arte, lujoso y regio, y casi del todo forzado, por el trabajo de cultivar plantas suspendidas sobre las cabezas de los espectadores (Apud., Bueno, p. 3).

Jardines Colgantes

Muchas son las diferencias entre cada una de las versiones anteriores. Grandes son las especulaciones que entorno a los Jardines Colgantes se han creado, pero realmente son pocas las evidencias de su existencia. Diodoro Sículo, Estrabón, Flavio Josefo y el texto Las siete maravillas del mundo, todos ellos son muy posteriores a la existencia de esta legendaria edificación.

En el año 484 a. C. el rey persa Jerjes saqueó Babilonia después de una rebelión y ordenó quitar la estatua de oro de Marduk. Con esta acción: «Desapareció el espíritu de la vieja cultura que provenía de las antiguos sumerios, muertos ya hacía algún tiempo, y empezó la decadencia final» (Asimov, 1983, p. 153). En el 330 a. C., Alejandro Magno destruyó la nación persa e intentó fijar en Babilonia la capital del nuevo imperio. Ordenó la reconstrucción de los grandes templos, pero su muerte impidió sus cometidos.

Más tarde los generales del conquistador macedonio se repartieron el vasto territorio adquirido en largos año de lucha. Uno de ellos, Seleuco, se proclamó soberano de Palestina, Siria, Mesopotamia y las provincias iranias, creando con ello el Imperio Seleucida. En el año 312 a. C., dicho gobernante comenzó a construir una nueva ciudad en el Tigris, a unos 55 kilómetros al norte de Babilonia que se llamó Seleucia.

A medida que Seleucia creció, Babilonia declinó. Los mismos edificios de la vieja ciudad fueron desmantelados para contribuir a la construcción de los nuevos. La entrada de Seleuco a Babilonia, pues, fue el último suceso de nota de esta ciudad, la última huella que dejó en los libros de historia. Después, no fue más que una ciudad en lenta decadencia, luego una aldea en lenta decadencia y más tarde… nada (Asimov, 1983, p. 171).

Como se puede observar ninguno pudo tener referencias verdaderas de los Jardines Colgantes, de su emplazamiento exacto, de su apariencia, porque cuando ellos redactaron sus obras, habían transcurrido siglos, incluso un milenio, en el caso del texto Las siete maravillas del mundo. El único quien pudo realmente contemplar tan portentosa edificación fue Herodoto, quien vivió entre el 484 y el 425 a. C.; después de que el rey persa Jerjes saqueara y castigara a Babilonia y se iniciara la decadencia de esta urbe. Sin embargo, en Los nueve libros de la historia, él no hace ninguna mención a ellos.

Nabucodonosor
Ante todo lo anterior, es imposible no cuestionarse la real existencia de esta maravilla del mundo antiguo o, en su defecto, que su emplazamiento realmente se encontrara en Babilonia; como la tradición ha repetido más como una leyenda, que como una verdad comprobada. Hasta la fecha no existe evidencia arqueológica que demuestre su presencia en esta metrópoli. Sumado a lo anterior, como menciona Juan Luis Montero Fenollós, «llama la atención un hecho: ningún texto de los que conocemos del rey Nabucodonosor II (y son muchos) menciona tales jardines en Babilonia» (Montero, p. 179).

La respuesta a todas estas interrogantes parece haberla encontrado la doctora Stephanie Dalley, del Instituto Oriental de la Universidad de Oxford, quien en los años noventa publicó un artículo titulado: «Niniveh, Babylon and the Hanging Gardens: cuneiform and Classical Sources Reconciled». En él explica como encontró un texto cuneiforme, donde indica que los Jardines Colgantes fueron edificados no en la ciudad de Babilonia, sino en la capital asiria de Nínive, por orden no de Nabucodonosor II, quien fue soberano de toda Mesopotamia entre el 605 al 562 a. C., sino por Senaquerib, quien vivió cien años antes que el anterior y reinó entre el 705 al 681 a. C.

Estos datos también comprueban la veracidad en la afirmación que proporciona Diodoro Sículo, cuando dice que: «los llamados Jardines Colgantes, obra, no de Semíramis, sino de un rey [asirio] posterior que los construyó para dar gusto a una concubina». Al igual que en el caso anterior, separan casi cien años entre Semíramis, con su esposo Nimrod o Nino ―cuyos nombres verdaderos son Sammu-rammat y Tukulti-Ninurta― y el rey Senaquerib. También, más que una confusión geográfica entre Siria y Asiria, es un error ortográfico.

Relieve en la ciudad asiria de Nínive

A todo lo anterior se suma el hecho, que Stephanie Dalley encontró, en el Museo Británico, un bajorrelieve procedente de Nínive, donde se muestra el complejo palaciego integrado por el alcázar y el jardín, con árboles que cuelgan en las terrazas y plantas suspendidas sobre arcos. Con estos elementos, surge una nueva hipótesis: a pesar de que la tradición indica, que los Jardines Colgantes se localizaban en Babilonia y fueron una obra edificada durante el reinado de Nabucodonosor II, parece ser que el verdadero artífice de tan magnífica construcción fue Senaquerib y que estos vergeles se ubicaban en la ciudad de Nínive, capital del Imperio Asirio.

Por otra parte, tal vez como sucedió con el zigurat consagrado a Marduk, el cual se recuerda, dentro de la tradición hebrea, como la Torre de Babel, los Jardines Colgantes sean el Paraíso Terrenal descrito en el libro del Génesis; ya que existen grandes similitudes entre el texto bíblico y Las siete maravillas del mudo: «Yavé Dios plantó un jardín en un lugar del Oriente llamado Edén, y colocó allí al hombre que había formado. Yavé Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles, agradables a la vista y buenos de comer» (Gen 2:8-9); «Crecen allí los árboles de hoja ancha y palmeras, flores de todas clases y colores y, en una palabra, todo lo que es más placentero a la vista y más grato gozar» (Apud., Bueno, p. 3).

Jardines Colgantes
Semíramis, Nabucodonosor o Senaquerib. Babilonia o Nínive. Todo esto sin duda no importa para quien ha imaginado esta maravilla del mundo antiguo. No importa que no exista una prueba arqueológica concluyente de su existencia. Los artistas del mundo seguirán representando en sus óleos o en escenarios virtuales, la versión que cada uno forjó en su mente y la compartirá con el mundo; invitando a la humanidad a soñar con unos jardines, que buscaban mitigar la nostalgia de una mujer, quien añoraba los paisajes serranos de Media o Persia.


Referencias bibliográficas
ASIMOV, Isaac. El cercano oriente, tr. Néstor A. Míguez, 5a ed. México, Alianza Editorial, 1983 (El libro de bolsillo 768).
HERODOTO. Los nueve libros de la historia. México, Porrúa, 2000 (Sepan cuantos... 176).
OVIDIO. Las metamorfosis. México, Porrúa, 1998 (Sepan cuantos 316).

Referencias electrónicas
BUENO, Francisco. «El jardín mesopotámico» (noviembre 11, 2015).
MONTERO Fenellós, Juan Luis. «Babilonia y Nabucodonosor: Historia antigua y tradición viva» (noviembre 11, 2015).

Banner de Lemnos Drawing
Editoriales | Académicos



TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR

CULTURAS DE
MESOPOTAMIA
LITERATURAS
MESOPOTÁMICAS
TEOGONÍA
SUMERIO-ACADIA
LITERATURA
SUMERIA

¡COMPARTIR ES EL MEJOR APOYO!

domingo, 13 de julio de 2014

LITERATURA SUMERIA

Juan Manuel Pérez García
Escritor, editor y docente

Antología de textos épicos y líricos que recoge las obras más significativas de la literatura sumeria, con el objeto de divulgar estas obras entre el mayor número de personas.

Banner de Lemnos Drawing
Editoriales | Académicos

La presente antología recoge las obras más significativas de la literatura sumeria, con el mismo deseo humanista de Ángel María Garibay K. «contribuir a la mejor inteligencia de los hombres, unos con otros».

Ante la dificultad de encontrar lecturas pertenecientes a esta cultura, decidí elaborar la presente obra, para que más personas puedan acceder de forma más sencilla a las primeras manifestaciones literarias de la humanidad y se despierte en ellas el interés por este pueblo, poco conocido en nuestro país.

Espero que este material resulte útil e interesante para los lectores, confiando que el conocimiento de la literatura de tiempos remotos y alejados en apariencia a nuestra realidad, despierte la conciencia de que el hombre posmoderno es tributario de las primitivas civilizaciones y su contemporáneo en las pasiones universales.

Banner de los servicios editoriales de Lemnos Drawing
Transcripción | Corrección | Reseñas


Banner de servicios académicos de Lemnos Drawing
Poesía | Cuento | Regularización



TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR

LITERATURAS
MESOPOTÁMICAS
POESÍA Y
RELIGIÓN
TEOGONÍA
SUMERIO-ACADIA
ASPECTO SAGRADO
DEL AMOR ERÓTICO

¡COMPARTIR ES EL MEJOR APOYO!

EL ASPECTO SAGRADO DEL AMOR ERÓTICO EN DOS CANTOS SUMERIOS

Relieve erótico babilónico
Relieve de Inanna, elaborada con IA, diosa sumeria de la fertilidad.
Juan Manuel Pérez García
Escritor, editor y docente

La religión, con una visión distinta al cristianismo, lejos de condenar el amor erótico regulaba sus modalidades y lo dotaba de cualidades sagradas. En Mesopotamia el erotismo tenía por objeto asegurar la fertilidad de la tierra y la fecundidad de las hembras.

Banner de Lemnos Drawing
Editoriales | Académicos

El presente trabajo monográfico se ocupa de dos himnos, escritos probablemente en el primer tercio del siglo XXI a. C., en los cuales, en apariencia, se expresan emociones relacionadas con el amor y el erotismo.

Escultura elamita.
Mujer desnuda
El análisis y comprensión de estos dos textos, permitirá entender de mejor manera cómo fue el origen del género lírico en los albores de la civilización y el estrecho vínculo que mantuvo con la religión; propia de Mesopotamia. Por otra parte, en ellos se puede observar la concepción que la cultura sumeria tenía de un aspecto de suma importancia en la vida del hombre: el amor erótico.

Banner de los servicios editoriales de Lemnos Drawing
Transcripción | Corrección | Reseñas


Banner de servicios académicos de Lemnos Drawing
Poesía | Cuento | Regularización

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR

LITERATURAS
MESOPOTÁMICAS
POESÍA Y
RELIGIÓN
TEOGONÍA
SUMERIO-ACADIA
LITERATURA
SUMERIA

¡COMPARTIR ES EL MEJOR APOYO!

sábado, 13 de octubre de 2012

TEOGONÍA SUMERIO-ACADIA

Juan Manuel Pérez García
Escritor, editor y docente

La teogonía de sumerios y acadios fue el resultado de un proceso de evolución. Por esta razón, existen diferentes tradiciones que explican la concepción cosmogónica con distintos panteones.

Banner de Lemnos Drawing
Editoriales | Académicos

La complejidad religiosa de los pueblos mesopotámicos no permiten analizar aquí todos sus aspectos, por lo cual, tomando en cuenta las limitaciones de estos espacios de divulgación, se busca señalar aquellos rasgos de mayor importancia, que permitan tener un panorama lo suficientemente amplio, para acercar al lector no especializado a los textos literarios de estas antiguas culturas, permitiéndole una mejor comprensión de las mismas.

Antes que cualquier otra cosa es importante hacer mención «que la religión sumeria presenta serios problemas de identidad y aún de contenido», a causa de que las visiones religiosas de los sumerios y los acadios se sincretizaron de tal forma «que hoy por hoy es muy difícil aislar las particularidades religiosas específicas de cada grupo étnico-social» (Lara, 1988, pp. XIX-XX). Por esta razón, se tratará como una sola la estructura teogónica que surgió de la unión de ambas culturas. En el periodo Neosumerio es cuando se elabora un panteón unitario con genealogías y sucesiones de dioses, ya que anteriormente había prevalecido una organización localista, en la cual cada ciudad-estado tenía su propio dios titular y hacía a un lado a las divinidades de los demás centros urbanos.

Ziggurat de Nippur
La estructura teogónica sumerio-acadia fue el resultado de todo un proceso de evolución y por lo tanto han llegado a nosotros diferentes tradiciones, que intentaban explicar la concepción cosmogónica elaborando diversos panteones, según la ciudad-estado donde se realizaban, que presentan variaciones en las relaciones genealógicas entre las divinidades. De esta manera, en la actualidad, se conocen tres tradiciones teogónicas provenientes de las ciudades mesopotámicas de Shuruppak, Uruk y Nippur; sin embargo la creada en esta última urbe fue la que prevaleció sobre las otras dos, ya que «Nippur era el centro religioso más importante de los sumerios [y] aunque […] la ciudad no fue sede de una dinastía importante alguna, los soberanos de otras ciudades consideraban que el dominio de Nippur confería el derecho a dominar todo Sumer y Akkad» (Roaf, 2005, p. 79).

La teogonía proveniente de Nippur hablaba que antes de que todo se originara, sólo había un Océano Primordial personificado en Nammu. Los teólogos sumerio-acadios nada dicen de su origen ni de su nacimiento y es muy probable que concibieran su existencia como eterna. En las entrañas de este mar prístino se produjo la Montaña Cósmica, compuesta por el cielo y la tierra unidos, entremezclados. Estos dos elementos originarios fueron concebidos como dioses con forma humana y dotados con una personalidad propia: el cielo fue llamado An y la tierra Ki (dentro de la tradición creada en Nippur a ésta última se le conoce como Antu). De la unión de ambos nació el aire, elemento personificado por el dios Enlil. Éste, una vez nacido, «separó el cielo y la tierra, y, mientras su padre An se llevaba el cielo, por su parte, Enlil se llevaba la tierra, su madre. La unión de Enlil y de su madre, la Tierra, dio origen al universo organizado: la creación del hombre, de los animales, de las plantas y el establecimiento de la civilización» (Kramer, 1985, p. 75).

Una vez separados el cielo y la tierra, el verdadero demiurgo, quien organizó el universo, quien creo a los animales y a las plantas a través de la unión con su madre; quien formó al hombre y estableció la civilización, fue Enlil. Luego, para dar luz al mundo, el cual se encontraba en completa penumbra, procreó con su consorte Ninlil, elemento divino del mismo componente, al dios luna Nanna; quien a su vez, unido a su esposa Ningal, concibió a Utu, el sol. Por otra parte Enlil y Ninlil también originaron las aguas dulces, benéficas para toda forma de vida y distintas del Océano Primordial, de las cuales el dios regente era Enki, en sumerio, o Ea, en acadio. A su vez Nanna y Ningal también dieron vida a la diosa Inanna, encargada de regular la procreación entre todos los seres vivos.

Muy complicado resulta describir las relaciones genealógicas presentes dentro de la teogonía sumerio-acadia, por lo cual presento el siguiente cuadro, donde se podrá analizar con mayor claridad, la sucesión de divinidades que conforman el panteón concebido por estos dos pueblos.

Teogonía Sumerio-Acadia

Banner de los servicios editoriales de Lemnos Drawing
Transcripción | Corrección | Reseñas

Los sumerios y los acadios imaginaron a todas sus divinidades con formas, sentimientos y actitudes propias de los seres humanos, esto es «bebían, comían, sufrían, amaban, estaban tristes o de buen humor, odiaban o se sentían caritativos, repitiendo así, en suma, las cualidades y pasiones humanas. No obstante, y en razón del respeto a la divinidad, los consideraron muy superiores tanto a nivel físico, como a nivel intelectual u operativo» (Lara, 1988, p. XXI).

La teogonía perteneciente a estas dos culturas estaba compuesta por un número considerable de deidades, que exigió a los sacerdotes catalogar de forma sistemática tan amplia cantidad de seres divinos. Así pues, se ha conservado hasta nuestros días la Lista de Genouillac, hallada en las ruinas de la ciudad de Nippur, en donde se recogen los nombres de 473 dioses. De todos ellos los «más significativos fueron los pertenecientes a sus dos tríadas, mientras que el resto […], si bien también algunas muy significativas, se hallan ya muy lejos de aquéllos en importancia» (Lara, 1988, p XXV).

La primera de las tríadas tenía un carácter primordial, pues se componía por aquellos dioses que participaron en mayor o menor medida en la creación y organización del universo; así en ella se encontraban An, Enlil y Enki quienes regían el cielo, el viento y las aguas dulces. La segunda tríada poseía propiedades de tipo astral y estaba formada por Nanna, Utu e Inanna, divinidades simbolizadas por la luna, el sol y el planeta Venus, astros íntimamente relacionados con los ciclos de la naturaleza.

Considero conveniente dar a conocer los rasgos propios de estas seis divinidades, con el propósito de facilitar al lector no especializado su acercamiento a la teogonía sumerio-acadia y que esta le resulte más familiar; como ocurre con otros sistemas teogónicos, a saber: el griego, el romano y el egipcio, de los cuales nombres como: Zeus, Venus, Poseidón, Atenea, Apolo, Diana, Osiris, Horus e Isis, tienen una mayor presencia en la mentalidad del hombre occidental posmoderno. Así pues, presento a continuación una breve semblanza de los dioses que conforman las dos triadas mencionadas y a ellos agrego aquellas otras deidades mesopotámicas que tengan una relevancia significativa.

An

Estrella de ocho rayos
símbolo de An


Nombre que significa «Cielo». Dios primigenio que surgió de las aguas del Océano Primordial, junto con su contraparte Ki «Tierra», entremezclados como la Montaña Cósmica a partir de la cual se creó todo. Era representado por una estrella de ocho rayos, su atributo es la tiara real, adornada con siete cornamentas de toro, emblema de todo el poder, y era quien encabezaba el panteón divino, siendo considerado «Dios supremo» o «Padre de los dioses». La ciudad de Uruk fue su principal centro de culto y donde se encontraba un gran santuario llamado Eanna «Casa del cielo».

An tiene una participación de suma importancia en el mito de la creación del universo. Como ya se ha mencionado anteriormente, antes de que existieran todas las cosas, había sólo en el universo las agitadas aguas primordiales, personificadas en Nammu; de éstas surgieron él y su consorte, como una alta montaña formada por el cielo y la tierra íntimamente entrelazados. De la unión de estas dos potencias originarias nació Enlil, quien los separó: An se elevó y formó la bóveda celeste y Ki descendió y fue el cimiento firme del universo.

«Astronómicamente, estaba asociado con el "Camino o Sendero de An", región de la bóveda celeste coincidente con el Ecuador. Posteriormente se definiría dicha región como el espacio entre los dos trópicos” (http://www.elarcondeclio.com.ar, recuperado junio 14, 2012). Por otra parte, también era asociado con el número 60, «base del sistema de cálculo sumerio y por lo tanto símbolo de la totalidad» (Lara, 1988, XXV).

Enlil

Enlil
El significado del nombre es «Señor del viento». Dios que regía sobre la tierra y el éter, simbolizando así a las fuerzas de la naturaleza. Hijo de An, el cielo, y Ki o Antu, la tierra. Por ser un dios considerado más cercano a las personas, con el tiempo superó en importancia a su padre, sustituyéndolo como deidad suprema, por lo cual fue llamado «Padre de los dioses», «Rey del Universo», «Rey del cielo y de la tierra» y «Rey de los países extranjeros». En la mitología sumerio-acadia él habitaba en la cumbre de la montaña que ascendía al cielo y que era llamada Kurgal «Gran montaña». El principal templo donde recibía culto era el Ekur «Casa de la montaña» en la ciudad de Nippur, teniendo también un recinto en Lagash. Las imágenes iconográficas con las cuales era representado son: una corona de siete cuernos sobre un altar o por siete estrellas (las Pléyades).

En la estructura teogónica sumerio-acadia nace de la unión de los dos elementos primigenios: el cielo y la tierra, ligados estrechamente ambos y formando la Montaña Cósmica que surgió del vientre turbulento de Nammu. Una vez nacido separa a An y a Antu, llevándose consigo a su madre, con quien se une, para que de ella surjan todas las plantas y los animales. Su esposa es Ninlil «Señora del viento» y con ella procreó a los dioses Nanna, dios de la luna y el primogénito; Enki, dios del fundamento, la sabiduría y la magia; Ebilulu, Nergal y Ninazu, divinidades del inframundo; Ninurta, dios de la guerra y de la caza, e Ishkur, dios de la tormenta y de las lluvias.

Banner de servicios académicos de Lemnos Drawing
Poesía | Cuento | Regularización

Enlil y Ninlil
(relieve en Susa)

Como ya se mencionó anteriormente, Enlil tiene una participación importante en la cosmogonía sumerio-acadia, al punto de ser considerado el verdadero demiurgo de la creación y ordenamiento del universo. Otro de los mitos relevantes donde tiene participación es: Enlil y Ninlil, donde se relata como este dios sorprende a la núbil deidad bañándose en el Canal Principesco de la ciudad de Nippur y atraído por su juventud y belleza, la toma sin su consentimiento; de este primer encuentro nace Nanna. Molestos los dioses celestes, por tan innoble acción, deciden expulsarlo de Nippur. Él parte y se dirige al mundo inferior, a donde Ninlil lo sigue. En este lugar el «Rey del Universo» se hace pasar por el portero del inframundo en tres ocasiones, mismas que le permiten copular, mediante engaños, con ella. De estas uniones nacen Ebilulu, Nergal y Ninazu.

Este dios aparece también en el Mito del diluvio, como parte del consejo de divinidades que decretan la destrucción de la humanidad. En la tradición babilónica se le atribuirá a él la decisión absoluta de este hecho. En Descenso de Inanna al mundo inferior, Ninshubur, el siervo fiel de la diosa de la fertilidad, acude al Ekur, el templo de Enlil en la ciudad de Nippur, buscando su ayuda, para vivificar el cuerpo de su señora; sin embargo éste no hace caso y Ninshubur continua su peregrinar buscando auxilio entre las demás deidades.

«Astronómicamente era asociado con el "Camino de Enlil", región del cielo al norte del ecuador celeste, […] coincidente con el Trópico de Cáncer. También se le relacionó con las Pléyades (Mul-mul, en sumerio) y con el planeta Júpiter» (http://www.elarcondeclio.com.ar, recuperado junio 14, 2012). Tuvo una valoración numérica de 50 en el sistema sexagesimal sumerio, estando sólo por debajo de An. Como «Rey del cielo y de la tierra» se le concedió la posesión de los me, fuerzas divinas, normas y reglas «que regían toda la existencia, así como el imperio de la ley, la fijación del destino y el interés por las gentes» (Lara, 1988, p. XXVI). Por esta razón él era quien investía de poder a todos los reyes.

Enki

Motivo de un cilidro-sello
con la figura de Enki
El sentido del nombre es «Señor del fundamento». Dios de la sabiduría, la magia y la técnica en todas las facetas del quehacer humano: la construcción, la orfebrería, la alfarería, la agricultura, las artes, etc. Reina en el Abzu, océano mítico sobre el que reposa la tierra, y fue el creador de la humanidad en compañía de Ninhursag. Su principal centro de culto fue el Eabzu localizado en la ciudad de Eridu, pero también contaba con templos en Kish, Umma y Lagash. «En la iconografía tradicional era representado por una cabra-pez o por una figura masculina portando o vertiendo agua» (http://www.elarcondeclio.com.ar, recuperado de junio 14, 2012).

Dentro de la teogonía sumeria es hijo de Enlil y Ninlil y tiene por esposa a Ninsar, llamada Ninki «Señora de la tierra» tras tomarla como su consorte. En diversos mitos Enki sostiene relaciones amorosas con otras diosas, como: Ninhursag, Ninkurra, Uttu, Ningikuga, Ninsikila, Damgulana y Sirtur, procreando con ellas a diferentes deidades. Asimismo es importante señalar que él protagoniza el mito: Enki y el dragón Kur, donde se cuenta como éste último, mítico dragón que regía sobre el Abzu ―el Océano Primordial que se encontraba bajo la tierra― rapta del cielo a la diosa Ereshkigal; molesto por tal acción, Enki se embarca y se dirige a su encuentro, desatándose una furiosa lucha, de la cual sale vencedor «el señor del fundamento». Tras esto Enki toma la regencia del Abzu y, por tal motivo, su templo principal en Eridu llevaba el nombre de Eabzu.

Ziusudra fabricando el navío
Otros importantes relatos míticos donde figura son: Enki y Ninhursag, donde se narra el comportamiento lascivo y la incestuosa relación que este dios sostiene con sus hijas; así como su curiosidad imprudente, que lo lleva a comer de siete plantas desconocidas, para saber sus propiedades, mismas que enferman gravemente varias partes de su cuerpo y las cuales Ninhursag alivia. Mito del diluvio, donde contrario a la destrucción de la humanidad, decretada por los dioses, avisa a Ziusudra de la catástrofe que va acontecer y lo instruye para que fabrique un enorme navío en el cual salvarse. Finalmente, Descenso de Inanna al mundo inferior, donde él es quien le indica a Ninshubur, fiel sirviente de Inanna, como restituirla a la vida, para que más tarde ella pueda abandonar el mundo de los muertos.

En el plano astronómico las constelaciones de Acuario y Capricornio estaban en relación con él y eran imágenes simbólicas que daban fundamento a la iconografía de esta divinidad. Además, a la región sur de la bóveda celeste se le llamaba el «Camino o Sendero de Enki», mismo que más adelante sería identificado como el Trópico de Capricornio. La valoración numérica dada a este dios fue el 40, colocándolo como la tercera divinidad en importancia en el panteón sumerio-acadio.

Nanna

Relieve de Nanna
con la luna creciente
El nombre significa «Brillante». Dios masculino de la luna y la adivinación. Encabezaba la tríada astral y tuvo un importante culto entre los sumerios y acadios, al punto de ser considerado como heredero de Enlil y An. También era conocido como Zuen «Señor del saber» y Ashimbabbar «Luna nueva». El lugar de culto más importante de esta deidad era el Ekishnugal «Casa de la gran luz» (Lara, 1988, XXVII) o Etemenninguru «Casa cuya alta terraza inspira terror» (http://www.artehistoria.jcyl.es, recuperado junio 14, 2012) localizado en la ciudad de Ur y el cual es uno de los ziggurat mejor conservados hasta actualidad. Además de este recinto contaba con otro en la ciudad de Lagash. Las formas más frecuentes de su representación iconográfica eran: un anciano con cuernos y barba o el símbolo de un creciente lunar.

En la teogonía sumerio-acadia aparece como hijo primogénito de Enlil y Ninlil. Él tenía por consorte a Ningal «Gran señora», con quien concibió a: Utu, Inanna, Ningublaga, Nusku y Numushda. Dos son los mitos en los que este dios participa: Enlil y Ninlil y Descenso de Inanna al mundo inferior. En el primero se relata como su padre, fascinado con la gran belleza de la «Señora del viento», toma por la fuerza a Ninlil en el Canal Principesco de la ciudad de Nippur, cuando esta se encontraba desnuda tomando un baño. El dios Nanna nace precisamente del estupro cometido por «El señor del viento». En el segundo, Nanna no hace caso a la apremiante petición que le hace Ninshubur, sirviente de Inanna, cuando éste acude al Ekishnugal en Ur, para que él le otorgue nueva vida a su hija, la diosa de la fertilidad, y ella pueda abandonar el inframundo.

Siendo la divinidad lunar, Nanna regía sobre todos los fenómenos naturales o ciclos asociados con este astro, como son: el movimiento regular de las mareas y el período menstrual de las mujeres. En su recorrido por la cúpula celeste, se le representó surcando la lobreguez nocturna sobre una barca. Como miembro de la segunda tríada, el valor numérico que se le otorgó fue el 30, valoración que se encontraba por debajo de los tres miembros de la tríada cósmica, pero precediendo la tríada astral.

Utu

Disco solar de ocho rayos
símbolo de Utu
Dios del sol, titular de la justicia y de los oráculos. También era conocido como Babbar «Resplandecer». Los santuarios de mayor importancia dedicados al culto a esta deidad eran los Ebabbar «Casa resplandor» edificados en las ciudades de Larsa y Sippar. El papel de este dios ganó en importancia al final del período Neosumerio y durante la semitización de Mesopotamia, cuando la Dinastía de Larsa, durante el reinado de Rim-Sin, dominó el tramo meridional del valle fluvial. En estelas y relieves es siempre representado mediante una figura masculina de la cual emanan llamas de los hombros, promulgando leyes y castigando faltas, o a través de un disco solar de ocho puntas.

Dentro de la estructura teogónica sumerio-acadia, Utu es hijo de Nanna y Ningal. Tiene como esposa a Shenirda, con quien procreó a Shakan, divinidad menor y titular del ganado. Los mitos donde tiene una modesta participación son: Enki y Ninhursag, donde se cuenta como estas dos divinidades residen en Dilmun, paraíso terrenal y jardín de los grandes dioses, sin embargo este lugar, en un principio, carece de agua. Entonces Ninsikila, titular de esta tierra pura y limpia e hija de Enki, le reprocha a su padre que no la haya dotado de una fuente de agua fresca. El dios del fundamento pide entonces a Utu haga brotar agua de la tierra para regar el suelo. Es entonces cuando Dilmun se convierte en un jardín magnífico. Otro de los mitos donde él aparece es Mito del diluvio, texto donde se dice como después del torrencial enviado por los dioses, para destruir a la humanidad, Utu salió para dispensar luz al cielo y a la tierra, y sus rayos penetraron en el gigantesco navío de Ziusudra y éste se prosternó y sacrificó un carnero ante él.

Relieve con la figura de Utu
Utu era el segundo dios en importancia dentro de la tríada cósmica, abajo sólo de su padre Nanna, por lo tanto los sumerios y acadios le dieron un valor numérico de 20. En su recorrido diario por la bóveda celeste, se le representaba como un hombre desplazándose sobre un magnífico carro resplandeciente. También era simbolizado con la imagen de la balanza, siempre relacionada con la justicia; y por lo tanto en el cielo nocturno se le asignó la constelación de Libra (Zibanitu, en la astrología mesopotámica).

Inanna

Estrella de ocho punta
simbolo de Inanna

El significado del nombre es «Señora del cielo». Divinidad del amor y la guerra, de la naturaleza y la fecundidad. Otros nombres con los cuales era conocida es: Nininsinna «Señora de Isin», Ninme «Señora de la batalla», Nuugiganna «Hieródula celestial» o Usunzianna «Excelsa vaca del cielo». Entre los acadios fue llamada Ishtar. Los lugares donde se le rendía culto eran siete: el Eulmash en la ciudad de Agadé, el Khursagkalamma en Kish, el Baratushharra en Nippur, el Esharra en Adad, el Gigunna en Zabalam, el Emushkalamma en Badtibira y el Eanna en Uruk, siendo éste último el de mayor importancia y donde se adoraba también a An. Los siete recintos son mencionados en Descenso de Inanna al mundo inferior.

La diosa era representada con un tocado con cuernos, vistiendo un kaunakes (vestimenta sumeria que en la mujer cubre desde los hombros para abajo, cuya vista de lana parece llena de curvaturas http://www.arteespana.com/artesumerio.htm, recuperado junio 14, 2012), con alas extendidas a su espalda, apoyando un pie o los dos sobre un león, un león alado o un tigre y portando en la mano izquierda el caduceo (vara en la cual se enroscan dos serpientes).

Relieve de Inanna
Inanna era la tercera divinidad en importancia de la tríada cósmica, por debajo de su padre Nanna y su hermano Utu. Los sumerios y acadios le dieron un coeficiente numérico de 15 y, en ocasiones, acompañaron la imagen de la diosa con una estrella de ocho puntas, símbolo del planeta Venus. Esta relación astral se extendió a las mitologías cananea y grecolatina, en las cuales Astarté y Afrodita compartieron dicho atributo.

Referencias bibliográficas
KRAMER, Samuel Noah. La historia empieza en sumer, tr. Jaime Elías. Barcelona, Ediciones Orbis, S. A., 1985.
LARA PEINADO, Federico (comp.). Himnos sumerios. Madrid, Tecnos, 1988 (Clásicos del pensamiento 50).
ROAF, Michael. Mesopotamia. Barcelona, Folio, 2005 (Grandes civilizaciones del pasado).

Referencias electrónicas
El arcón de Clío. «Historia Universal. Media Luna Fertil. Religión». Recuperado el 14 de junio de 2012 de http://www.elarcondeclio.com.ar/recursos/culturas.php?cul=2&tem=4
Arte historia. «Zigurat de Ur». Recuperado el 14 de junio de 2012 de http://www.artehistoria.jcyl.es/fichas/obras/7598.htm
Arte España. «Arte Mesopotámico. Arte Sumerio». Recuperado el 14 de junio de 2012 de http://www.arteespana.com/artesumerio.htm

Banner de Lemnos Drawing
Editoriales | Académicos



TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR

LITERATURAS
 MESOPOTÁMICAS
POESÍA Y
RELIGIÓN
ASPECTO SAGRADO
DEL AMOR ERÓTICO
LITERATURA
SUMERIA

¡COMPARTIR ES EL MEJOR APOYO!