sábado, 28 de abril de 2018

EL SAGRARIO DE MÉXICO

Bajo la inmensa bóveda que a la capital del antiguo imperio de Moctezuma, forma su azulado cielo, tranquilo como el casto seno de una virgen, risueño como la mirada apacible de la inocencia, se levantan numerosos edificios que erigieron el paternal cuidado de alguno de los monarcas españoles, el celo religioso o la piedad cristiana de los habitantes de esta parte del mundo nuevo. A ella se deben los templos, que son las huellas que en México dejara la religión del Crucificado, y cuyas torres se levantan erguidas y como despreciando altaneras los sacudimientos de nuestro suelo. Piérdese en esos templos porque no tiene torre que la distinga, ni cúpula elevada que desde lejos indique el lugar que ocupa, la iglesia que lleva el nombre que encabeza este artículo, y que es la primera de las catorce parroquias de la capital.
Ignórase la época de su fundación; pero lo que está fuera de duda es, que contigua a la Catedral y con el nombre que hoy tiene, ha existido siempre la iglesia que nos ocupa. Se asegura por algunos, que los franciscanos fueron los primeros curas de almas en México; y a la vez sostienen otros, que los clérigos fueron quienes fundaron la parroquia que hoy es Catedral. Parece que el primer cura de D. Pedro de Villagran, que quien se habla ya por el año de 1525, y como en la residencia formada a D. Hernando Cortés, se asegura por los testigos, que hasta el factor y veedor gobernaron, se mandaron facer la iglesia mayor de esta dicha cibdad y San Francisco, no nos parece aventurado creer, como se ha creído por algunos, que en 1524 se fundó en México la primer iglesia, que muy bien puede ser el mismo Sagrario, o haberse convertido con el tiempo en la catedral.
Fieles devotas
Sea de esto lo que fuere, es sabido que el primitivo Sagrario se incendió, y habiéndose reconstruido tal cual hoy existe, consagró su altar en 15 de septiembre de 1767, el Illmo. Sr. Francisco Antonio Lorenzana, entonces arzobispo de México, y el templo se estrenó en 9 de enero del siguiente año, y su interior se adornó después del año 1770.
La planta del edificio es una cruz griega con cuatro capillas en los ángulos, cuyas bóvedas son de casquete esférico, y las de los cañones principales de la iglesia de cañón seguido de lunetos; su cúpula es octágona; la arquitectura interior del templo de orden dórico, y los adornos de los altares de estilo churrigueresco.
De las dos fachadas exteriores del Sagrario, la principal que mira al Mediodía, está representada en la estampa, y cuyo estilo es el mismo que el del adorno de los altares. Este estilo contemporáneo del de Barroco en Italia y del de Luis XV en Francia, estuvo en auge en España a fines del siglo XVII y principios del XVIII, es considerado por los inteligentes, como un estilo en decadencia, y tomó su nombre de un español que lo inventó, llamado Churriguera. Sin embargo de los defectos que son propios del estilo que ha quebrantado todas las reglas de los órdenes de arquitectura conocidos, la fachada del Sagrario cautiva la atención por la perfección y limpieza del trabajo de las molduras, por el atrevimiento de sus columnas y por la maestría con que están ejecutados los más pequeños detalles; por esta razón es tanto más de sentirse, que las estatuas de piedra de Doctores y Santos que la adornan, así como las de la Fe, la Esperanza, la Caridad y la Religión, que están colocadas en la parte superior de la fachada, sean de malísimo trabajo, formando un verdadero contraste con el resto del edificio.
Creyentes en
el atrio

Está servida esta parroquia por tres señores curas, quienes con un celo que los recomienda, ministran los auxilios espirituales a las almas comprendidas en su extensa feligresía, y trabajan asiduamente porque a las funciones religiosas que se celebran en su parroquia, nada falte de la majestuosa pompa digan del cristianismo. Entre esas funciones merece particular mención, la que se celebra el último día de cada año en acción de gracias al Todopoderoso. La multitud corre ansiosa a postrarse ante el Santo de los Santos, llena las naves del templo, vistosamente engalanadas e iluminadas por millares de luces, y con solemnes armonías del órgano que retumban en sus bóvedas, eleva al cielo sus preces, juntas con las que el sacerdote envía entre nubes de incienso. Es un espectáculo que conmueve, que arranca a los ojos lágrimas de gratitud y al corazón un himno de alabanza.
A los sentimientos de veneraciones que inspiran a nosotros los católicos los templos levantados al Dios de los cristianos, la parroquia de un lugar cualquiera, por pobre e insignificante que sea, reúne a esa veneración, la veneración también que inspiran los recuerdos siempre gratos de aquellos lugares, que lo han sido alguno de los acontecimientos de nuestra vida: ¿cómo podremos ver, sin un respetuoso placer, el templo a que nuestros padres nos llevaron, niños todavía, y cuyas puertas se nos abrieron para que entrásemos por ellas al gremio de la Iglesia Católica? ¿Cómo podremos ver sin una dulce emoción los altares, ante los cuales por la primera vez, nos postramos para cumplir con los preceptos de una religión toda de amor y de esperanza, los mismo ante los que más tarde, tal vez, consagró al sacerdote nuestra unión con una persona amada, bendiciéndola en nombre del cielo? Bajo este punto de vista, el Sagrario es un lugar de recuerdos para una gran parte de la población de México. Yo por lo mismo no puedo olvidar, que bajo sus bóvedas sagradas recibió la hija de mi corazón el agua del bautismo.

Francisco González Bocanegra


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