martes, 1 de mayo de 2018

PALACIO MUNICIPAL DE MÉXICO

Pocas ciudades del mundo contarán con un número tan considerable de suntuosos edificios como cuenta México, esta hermosa capital que bien merece llamarla la Ciudad de los palacios y la sin rival en calles. Pero entre los que más deben llamar la atención del inteligente o del pintor, no hay duda que debe ocupar un lugar distinguido la Diputación, tanto por estar en uno de los puntos principales de la ciudad, como por la sencillez, elegancia y solidez que en sí reúne.

La Diputación, Casas de Cabildo o Palacio Municipal, pues con todos estos nombres es conocida, fue uno de los edificios primeros que se construyeron poco después de la conquista, y cuando aún a los españoles les parecía un sueño la posesión de una ciudad tan heroicamente defendida: según las costumbres de aquella época, se levantó una torre en cada extremo del edificio, tal vez para que sirvieran de punto de defensa en un caso aflictivo, y allí estuvo en los primero años la fundición, la alhóndiga y las carnicerías hasta que un incidente desagradable vino a destruir cuanto había, como pasaremos a relatarlo.

A principios de 1692, siendo virrey el conde de Galve y componiendo el noble Ayuntamiento y la autoridad del oidor D. Francisco Fernández Marmolejo, que era superintendente del desagüe; D. Juan Nuñez de Villavicencio, corregidor; alcaldes ordinarios, D. Alonso Morales y D. Juan de Dios Medina Picazo; alguacil mayor, D. Rodrigo Juan de Rivera Maroto: regidores, D. Diego Pedraza y Vivero, D. Bernabé Álvarez de Ita, D. Juan de Torres, D. Luis Miguel Luyando y Bermeo, D. Juan Manuel de Aguirre y Espinosa: escribano mayor interino, D. Gabriel Mendieta Revollo: contador, D. Francisco Morales: mayordomo, D. Francisco Manrique y Alemán: procurador general, el regidor D. Diego Pedraza: alférez real, el regidor D. Juan Manuel de Aguirre: diputado de casa de moneda D. Luis Miguel Luyando: diputado de alhóndiga, el alférez real: escribano de dicha, D. José del Castillo; y capellán, el bachiller D. Francisco de Esquivel, hubo en México una terrible calamidad de hambre que tenía consternada a la población; y celoso el virrey, conde de Galve, del desempeño de sus obligaciones, manifestó al pueblo que iba a hacer un grande acopio de maíz, y que en tanto la clase rica facilitaría a la necesitada las cosas indispensables a la vida, como efectivamente contribuyó, dando abundantes cantidades a las personas pobres, distinguiéndose el arzobispo de Aguiar y Seijas, en caridad cristiana, como había sobresalido siempre a todos en el desempeño de su ministerio.

Paseantes
Pero la gente maligna, que nunca falta en las grandes poblaciones, y que halla motivos de murmuración aún en los pasos más justos, empezó a criticar el acto salvador del gobierno, haciendo creer a la gente incauta que el virrey había enviado a sus comisarios a comprar todo el maíz que había en Chalco, Toluca y Celaya, no con el objeto de favorecer al pueblo, sino de enriquecer a costa suya, vendiendo más caro el efecto: resultando de aquí el que alarmándose el pueblo, se amotinó al anochecer del 8 de junio, y después de haber apedreado las ventanas de palacio y cometido otros desmanes, que no pudieron impedir ni los vecinos más respetables, ni el arzobispo, pegó fuego al palacio del virrey, a la Diputación, y a algunas tiendas cercanas, de las que robaron el dinero, sin que se consiguiera salvar los edificios de las terribles llamas que los devoraron; siendo la pérdida causada por estos incendios de más de tres millones de duros.

Destruida de esta manera la Diputación, fue preciso reconstruirla, como se hizo, dándole la elegante forma que hoy tiene y que en tanta exactitud lo manifiesta la litografía que acompaña a este artículo. El suntuoso y elegante portal que la embellece, se concluyó en 1722, y poco después quedó terminado todo el edificio, que costó 132,000 duros.

El espacio que ocupa este palacio municipal, corresponde a la hermosura que ostenta, pues tiene por el frente 91 varas, de fondo 44, y ocupa una superficie de 4,004 varas cuadradas. La fábrica material, que es de mampostería, reúne a una solidez admirable un gusto exquisito, que llama la atención del viajero, y su elegante fachada, en que brillan doce elevados arcos, sobre cada uno de los cuales descansa un elegante balcón, corresponde a los espaciosos salones en que están las oficinas del Ayuntamiento y del gobierno del Distrito.

Carruajes
Además de estas oficinas, contiene el edificio que nos ocupa, la cárcel municipal, o mejor dicho de detención, porque los reos sólo están en ella algunas horas para ser conducidos después a la cárcel pública conocida con el nombre de ex Acordada; varias habitaciones que el Ayuntamiento alquila a personas particulares; algunas escribanías; y la magnífica Lonja, en que se reúnen por las noches los principales comerciantes de México, y en que se suelen dar los mismo, cada tres meses, un lúcido baile, al cual suele concurrir la sociedad más escogida de la capital, y algunas veces los ministros extranjeros.

Los pisos altos de tan admirable obra arquitectónica, están ensolerados; enladrilladas las azoteas; siendo las jambas de puertas y ventanas, y las cornisas de toda ella, de cantería primorosamente labrada.

Desde los balcones y azoteas de este suntuoso edificio, que está situado en la espaciosa plaza Constitucional, presenció la clase principal de México, la ejecución de justicia que tuvo lugar entre la puerta principal de palacio y la cárcel de corte, contra los famosos asesinos Aldama, Blanco y Quintero, que, en una noche despojaron de la vida al Sr. Dongo y a cuantos con él vivían, hombres y mujeres, que eran once, sin perdonar ni a un loro que en la casa había: crimen horroroso cometido el 7 de noviembre de 1789, y que dio a conocer la actividad y rectitud del inmortal conde de Revillagigedo, que puso en juego todos los medios para descubrir a los culpables.

Enfrente del palacio municipal que de describir acabamos, descuella la magnífica Catedral de México, cuyas gigantescas y espaciosas torres parecen desprenderse de la tierra para tocar el cielo: a la derecha se descubre el Palacio Nacional, y a la izquierda el Portal de Mercaderes que debe considerarse como el bazar de México, y en el cual existen las lujosas tiendas de quincalla, sombrererías, librerías, colegios científicos, fondas, cafés, y otra porción de establecimientos, que sería prolijo enumerar.

Niceto de Zamacois


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