miércoles, 25 de abril de 2018

LA FUENTE DEL SALTO DEL AGUA

(FRAGMENTO)
Para cumplir con nuestra tarea diremos dos palabras de la fuente del Salto del Agua, no para describirla, pues de este trabajo no eximen la habilidad del dibujante y del litógrafo, que en esta publicación no tienen, como en otras, una parte secundaria, sino para registrar una fecha, para buscar algún dato histórico.

Al terminar el acueducto de Belén por donde viene desde la alberca de Chapultepec el agua gorda de esta ciudad, agua de que yo os daría el análisis si fuese químico, pero de la que solo puedo decir que es más pesada que la delgada, que no enturbia en tiempo de lluvias y que satisface menos la sed, al terminar el acueducto sobre el alto arco descansa una fuente de tosca construcción, toda de cantería, algo deteriorada por el tiemplo y del estilo original y gracioso a pesar de sus defectos que se llamó churrigueresco, especie de romanticismo en la arquitectura, de descuido en el arte, pero en que no falta riqueza ni atrevimiento de imaginación.

¡Ay! Debiéramos tomar un tono elegiaco para hablar de esta fuente, que tanto debe saber de historias populares de aguadores, aristocracia del sitio, de muchachas de barrio, que a veces corren la suerte de las sabinas; debiéramos entristecernos porque cuando se publiquen estas líneas, la fuente ya no existirá… Está decretada su ruina, pero de una manera encubierta y falaz; no se le ha dicho “Te vamos a destruir”, sino “te vamos a trasladar a otro punto” como si hubiera construcciones parásitas, como si las piedras no se adhirieran a la tierra. ¡Ay! ¡Pobre fuente! No tendrás nostalgia, porque te trasladarán a pedazos, porque tu traslación es la muerte.

Si ésta fuera un monumento histórico, destruirlo sería una profanación. Aquí todo se puede renovar.

Vendedor
de agua

Esta fuente tiene sobre las otras de la ciudad la ventaja de no estar en el centro, donde no puede haber grupos, ni charlas; está en arrabal, tiene al frente una corta plazuela, a un lado hay una presa, cerca se encuentra un mercado animado y bullicioso. El arrabal es la verdadera patria de la gente del pueblo; la fuente del Salto del Agua, es la lonja, es el casino, es la alacena de Latorre, o la librería de Andrade de la gente del barrio.

Allí no se habla de Sebastopol, ni de negocios de agio, ni se comentan las noticias de Orizaba; pero allá se cuentan los últimos instantes de los ahorcados, se leen las despedidas de éstos, se habla de los precios de los efectos de primera necesidad, se despeñan comisiones buscando cocineras y recamareras, se oyen quejas contra los padres del agua fría, que no dejan ni tempo para acabar en el mostrador un vaso de pulque, hay curiosas escenas de amor popular, de celos, luchas individuales, y acaso algunas muchachas vivas y bonitas pudieran contar la historia de la sed de agua, de aquella que empieza así:

De la fuente Inés volvía
Y el peso la sofocaba
Del cántaro que llevaba
Pues quince años no tenía.

Allí está el aguador risueño, vivo, paciente, disponiéndose al trabajo o descansando de sus fatigas; el cargador brusco y arisco, el ranchero malicioso y desconfiado, la garbancera bisbirinda y picaresca, el mendigo a quien todos ofrecen un pedazo de pan, el billetero que ofrece buena suerte como los gitanos, el mercillero que vende sus efectos a precios más altos que en la ciudad, el soldado que a pesar del uniforme, se complace en unirse al pueblo de donde salió, el guarda diurno vigilante y severo, aunque amable y parlanchín.

Allí anda el perro sin dueño, que es conocido y amparado de todos, el muchacho que silba desafinando menos que ciertas tonalidades artísticas buenas piezas de música, al mismo tiempo que salta y hace travesuras, la niña llena de harapos, y medio desnuda, que cuando pierda su inocencia sentirá no solo la necesidad de cubrirse como Eva, sino la de engalanarse y adornarse, y para esto probará la fatal manzana… Poned en movimiento todas estas figuras y tendréis una mina inagotable de estudios de costumbres populares, dignos de la pluma festiva de Fidel.

Allí está el aguador risueño [...]; el cargador brusco y arisco; el ranchero malicioso y desconfiado...

Sin meter nuestra hoz en mies ajena, y sin tener tiempo ni humor para registrar archivos públicos donde el escritor es mal recibido, ni para consultar a sabios avaros de su ciencia, o que más bien a fuerza de callar disimulan su ignorancia, sin tener recuerdos que evocar, diremos para concluir lo poco que sabemos de la Fuente del Salto del Agua.

En primer lugar, sabemos de una manera positiva e indudable, que no sabemos quién fue el arquitecto que la construyó, pues los españoles creían más interesante mencionar el nombre de la persona reinante que el del artista, y por tanto no se aprecian a la Adriana de Cardiville de Eugenio Sue.

Diremos después, que se construyó reinando felizmente el gran Carlos III, siendo virrey, gobernador, capitán general y presidente de la real audiencia el Bailio de la orden de San Juan Frey D. Antonio María de Bucarelli y Usúa, cuadragésimo sexto virrey de la Nueva España, y el mismo que dio su nombre al Paseo Nuevo.

La obra terminó el 20 de mayo de 1779, siendo juez conservador de propios y rentas D. Miguel Acedo y regidor comisionado D. Antonio de Mier y Terán.

La fuente de que nos ocupamos debe su nombre a la hermosa cascada en miniatura que forma el agua cayendo del tazón de piedra sostenido por un hermoso grupo de tres niños sobre delfines, hacia la pileta en donde recoge el público.

Aguadores
El trabajo de la obra es bastante curioso; y aunque mutilado, llama aún la atención el gran relieve que se halla en el frontón de la fuente. Este representa las armas de la Ciudad de México, tales como se usaban en la época en que fue construido este monumento, pues es de advertirse que desde que Carlos V concedió un escudo a la ciudad hasta fines del siglo XVIII, jamás hubo uniformidad en la manera de representarlas. En los primeros tiempos de la dominación española el águila azteca fue abolida; pero más tarde volvió a reaparecer, hasta llegar a ser hoy el emblema nacional. El escudo que vemos en la fuente representada, como se ve todavía, un águila con las alas abiertas y una cruz en el pecho, piadoso correctivo de los recuerdos gentílicos de idolatría que pudiera inspirar el noble animal.

Entre las alas del águila están los estandartes españoles y hacia abajo, entre sus garras, los carcajes y macana indígenas. Pendiente del pecho de la ya citada águila está un medallón que contenía las armas del ayuntamiento de la ciudad, y eran, sobre fondo azul, un castillo dorado en medio con tres puentes que parten de él y sirven de base a dos leones que apoyan con tres puentes que parten de él y sirven de base a dos leones que apoyan sus garras en el castillo; la orla la formaban diez hojas de nopal y el remate de todo era la corona imperial. Este escudo fue borrado después de la Independencia de México, y desde entonces acá subsiste tal como se encuentra en la estampa.

Pocos son estos datos; ojalá y los complete algún curioso, o erudito!

Francisco Zarco


¡COMPARTIR ES EL MEJOR REGALO QUE ME PUEDES HACER!


No hay comentarios:

Publicar un comentario