jueves, 17 de mayo de 2018

SANTUARIO DE GUADALUPE

La Villa de Guadalupe se halla situada al Norte, a distancia de una legua de la capital, en las orillas del lago de Texcoco. Conducen a ella dos calzadas; una de piedra, construida a la izquierda, sobre los potreros cubiertos de agua la mayor parte de la estación de verano, y otra a la derecha, de tierra, con dos líneas de álamos blancos que forman una escena óptica, si bien algo triste por la aridez de los contornos y por la tinta desvelada de las hojas de los árboles.

Pocos santuarios hay en el mundo tan célebres como éste. En la República especialmente es el símbolo de la religión y de la independencia, la representación viva y patente de la creencia mística y de la creencia social. Lugar famoso desde los tiempos antiguos, lo es todavía y los será en lo futuro, por estar ligados con él los sucesos más importantes de nuestra historia.

La tradición es simple y poética, y los actores de un origen humilde. Juan Diego era un indio nacido en el pueblo de Cuautitlán, recién convertido de la religión católica, de costumbres arregladas y sencillas. Su familia consistía en su esposa, que se llamaba María Lucía, y en un tío, Juan Bernardino. La vida de Juan Diego se reducía a trabajar en el pueblo de Toltepec, de donde venía a Santiago Tlatelolco a oír la doctrina de los religiosos franciscanos, que administraban entonces la parroquia.

Atravesando en uno de esos viajes una serranía árida, cubierta de espinas y malezas, que terminaba en la orilla de la laguna, por lo que en el idioma mexicano se llamaba Tepetlyecaczol, que los españoles pronunciaban Tepeyac, que quiere decir nariz del cerro, Juan Diego oyó una música tan suave y armoniosa como nunca la había escuchado igual, ni entre los españoles, ni entre la gente de su país.

Capilla del Pocito
Detúvose para observar de qué parte venían estas armonías, y entonces vio un arcoíris de bellísimos colores, y en medio de una nube blanca y transparente, la figura de una mujer de hermoso y apacible rostro, y vestida poco más o menos como usaban las indias nobles y ricas de esos tiempos. Juan Diego se acercó sin temor, y entonces la Señora le dijo que era la Madre de Dios, que deseaba se le edificase un templo en aquellos lugares, y que dispensaría su protección y amparo a los que de corazón se acogiesen a ella. Ordenó asimismo a Juan Diego que inmediatamente refiriese al obispo lo que había visto y oído. El indio lo hizo efectivamente así, y se dirigió a la casa de D. Fr. Juan de Zumárraga, del Orden de San Fracisco y que era entonces obispo de México, y aunque tuvo mucha dificultad para entrar, logró por fin hablar al prelado, e imponerle de cuanto había ocurrido; pero no recibió respuesta satisfactoria, porque el obispo creyó que no eran más que visiones y quimeras de un indio que acababa de dejar el culto de los ídolos.

Juan Diego volvió desconsolado; pero por tres veces más se la apreció la Virgen. La quinta vez, Juan Diego, desanimado con las repulsas del arzobispo, y hallándose su tío Juan Bernardino gravemente enfermo, le pareció preferente negocio el buscar confesor para que le auxiliase, y así, se desvió del camino para no encontrar en esa ocasión a la Señora que siempre se la aparecía; pero su intento fue vano, porque en el lugar donde todavía se halla un manantial de agua sulfurosa, la Virgen la salió al encuentro, le aseguró que su tío estaba ya perfectamente sano, y le ordenó que subiese a la cumbre del cerro a recoger diversas flores para que las llevase al obispo como comprobación de la verdad de todo lo que le había referido. En aquellos cerros, cubiertos únicamente, como se ha dicho, de espinas y abrojos, jamás se habían producido flores ningunas; sin embargo, Juan Diego las encontró fragantes y olorosas, las recogió en su tilma y se dirigió a México a presentarlas al obispo, el cual habiendo sabido que le llevaba la señal que le había significado pidiese a la Virgen, salió al salón lleno de la mayor curiosidad e interés, y acompañado del algunos sacerdotes y familiares.

El indio refirió sencillamente lo que le acabada de pasar, dejó caer las dos puntas de su tilma para mostrar las flores, y entonces el obispo y los circunstantes cayeron de rodillas ante la imagen que apareció pintada en la capa o ayate del feliz y afortunado Juan Diego. Este suceso aconteció del 9 al a12 de diciembre de 1531, a los diez años cuatro meses de la conquista, siendo pontífice Clemente VII y rey de España el emperador Carlos V.

Esta es la piadosa tradición, transmitida de padres a hijos respecto a la imagen que se venera en el santuario.
Paisaje de la Cierra de Guadalupe

Luego que el obispo Zumárraga se recobró un tanto de la admiración y pasmo que le sobrecogieron con la vista de aquellas flores llenas de frescura y de fragancia y de la singular Imagen estampada en la manta, lleno de cumplimientos y agasajos a Juan Diego, mandó buscar a Juan Bernardino, el que efectivamente había sanado de su enfermedad, y dispuso reconocer, acompañado de varios capellanes y personas notables, los lugares donde, conforme las relaciones de Juan Diego, se había aparecido anteriormente la Virgen. Lo hicieron así, oraron y besaron con gran devoción y reverencia los sitios indicados, y regresaron al palacio episcopal, que estaba en donde hoy es la calle de Donceles, y colocaron allí provisionalmente a la imagen, la que algunos días después fue trasladada a la catedral.

Inmediatamente se comenzó a construir en Tepeyacac una ermita de adobe, a expensas del Sr. Zumárraga, donde la Virgen fue llevada al año siguiente de 1533, en medio de una procesión solemne.

Juan Diego fabricó una casita junto al templo, y se dedicó enteramente al culto de la Virgen durante 17 años que sobrevivió, pues falleció el 1548 a los 74 años de edad. Su tío Juan Bernardino murió de cocolixtli (fiebre amarilla) el año de 1544, de 86 de edad, y fue enterrado en la capilla de la Virgen.

Durante 90 años permaneció la Virgen en ese primer templo, que era de poca extensión y mezquina arquitectura; pero habiendo crecido entre los fieles católicos la devoción a la Virgen, se colectaron muchas limosnas y se comenzó a edificar la hermosa catedral que hoy existe, la cual se bendijo solemnemente a mediados de noviembre del año 1622, por el Illmo. Sr. D. Juan de la Serna, que era arzobispo de México. La sola fábrica material, costaba hasta entonces más de 800,000 pesos, además del valor de un tabernáculo de plata que regaló el virrey conde de Salvatierra, y de sesenta lámparas, también de plata, que estaban colgadas de la bóveda del templo.

Las limosnas y el culto aumentaron tanto, que con ellas se hicieron varios ornamentos, más ricos que los de la catedral de México, y el servicio del templo era todo de plata, con peso de cosa de cinco mil marcos.

La capilla llamada del Cerrito, que fue el lugar donde primeramente se pareció la Virgen, fue fabricada, cosa de cien años después, a expensas de D. Cristóbal de Aguirre y de su mujer Doña Teresa Pelegrina. La calzada de piedra fue construida por orden y a expensas del D. Fray Payo de Rivera, arzobispo y primer virrey de México, así como el acueducto y fuente de agua que se halla en la plaza.

Peregrinos
en el atrio
Durante muchos años, el templo estuvo al cuidado de cuatro o seis capellanes; pero en 1750, siendo arzobispo el Illmo. D. Manuel José de Rubio y Salinas, fue erigido en abadía y tomaron posesión el abad y los canónigos. En esa misma época el papa Benedicto IV le concedió misa y rezo propio.

En 1751 se promovió por el canónigo de la Colegiatura Dr. D. Francisco de Siles, una información jurídica para comprobar la verdad de la Aparición. esa misma época el papa Benedicto IV le concedió misa y rezo propio.

Veamos ahora por qué está ligado el santuario de Guadalupe con la historia del país. Los españoles le llamaron Tepeaquilla, y allí estuvieron asentados los reales de Gonzalo de Sandoval, durante todas las sangrientas batallas que precedieron a la toma de México; así, aquellos lugares no se pueden mencionar sin acompañar a ellos el recuerdo de uno de los mejores y más valerosos capitanes españoles, y de uno de los sucesos que cambiaron la civilización, la raza y las costumbres del imperio más poderoso del mundo.

La Virgen de Guadalupe se estampó en una tela hecha de las fibras de las plantas indígenas, fabricada por la industria propia de los hijos del país; su traje es una túnica de lana que le baja del cuello a los pies, y un manto que le cubre la cabeza, traje de las nobles y de las ricas doncellas aztecas; su color, moreno; su cabello, negro y lacio; su fisonomía, amable, cándida y humilde: se apareció a un indio y en el lugar célebre entre los indios; todo, en una palabra, era nacional, era característico del país que acababa de ser conquistado. La Virgen se llamó la Virgen criolla, la pobre raza que acababa de ser vencida y humillada, que veía sus campos y sementeras talados, sus casas presas del incendio, y la sangre de sus deudos todavía humeando en los campos y corriendo mezclada con la linfa pura de los arroyos, se encontró repentinamente con un Ser divino y sobrenatural a quien clamar y pedir amparo de la crueldad e injusticia de los hombres. Después del fuego y del acero, debía naturalmente venir la conquista dulce y pacífica de la religión.

El 16 de septiembre de 1810 el viejo cura de Dolores proclamó la independencia; y prescindiendo de su arrojo, que fue grande, y de su energía, que fue mucha y admirable en la avanzada edad que contaba; el talento que manifestó en los primeros momentos es digno de llamar la atención del que busque en los pequeños sucesos el principio de grandes cosas.

Inmediatamente hizo un estandarte, donde estaba estampada la Virgen de Guadalupe: lo tremoló en los aires, salió de su pueblo, y a pocos meses estaba reunida al derredor de ese lábaro triunfal, la masa mayor de hombres de que hay memoria en los anales modernos de este país. Así milagrosamente, ante una tela de maguey en que estaba estampada la Virgen, se reúnen millares de hombres que abandonan el culto de los ídolos, y se convierte a la religión de Jesucristo; y ante una bandera blanca con la copia de una imagen, acude y se atumulta una multitud que pelea, muere, vence, pierde, huye, vuelve a guerrear, y por último, no descansa sino cuando ha conquistado su independencia y su libertad civil. He aquí dos grandes hechos históricos, que son también la historia de esos áridos e ingratos cerros de Tepeyac.

Peregrinos en las
calles de la Villa
Al derredor del templo se fueron erigiendo algunos jacales, luego casa pequeñas, y después más grandes, hasta formarse una población pequeña, pero bastante regular en su orden y construcción. Entonces ya se lo dio el título de Villa de Guadalupe. Después de la independencia se elevó al rango de ciudad de Guadalupe Hidalgo, nombre que recuerda la doble historia civil y religiosa de que acabamos de dar idea en el párrafo anterior.

En octubre de 1821 el emperador Iturbide instituyó la Orden Mexicana de Guadalupe, que se extinguió con la muerte del caudillo de la independencia y con la nueva forma de gobierno. Esta Orden volvió a restablecerse por el general Santa Anna el 19 de diciembre de 1853.

Guadalupe tiene otro recuerdo memorable, y es la celebración del tratado de paz con los Estados Unidos del Norte, que se concluyó en 2 de febrero de 1848, siendo plenipotenciarios, por parte de México, el Lic. D. Bernardo Couto, el Lic. D. Miguel Atristain, y D. Luis G. Cuevas; y por parte de los Estados Unidos, D. Nicolás P. Trist.

La ciudad de Guadalupe Hidalgo mejora, aunque muy lentamente. La calzada de piedra se ha recompuesto perfectamente en el año de 1855, y se han edificado algunas casas de estilo moderno: el templo, si ni tiene tanta plata como en otros tiempos, posee en cambio un altar mayor de mármol, una crujía de plata, y todas las columnas, bóvedas y paredes de estuco blanco y oro; se puede asegurar que es una de las catedrales más hermosas de la República. Las rentas consisten en una lotería con un fondo de 13,000 pesos, que se celebra dos veces al mes, y en los capitales que reconoce el gobierno importantes, y cuyos réditos, mil pesos, no siempre se satisfacen con puntualidad. Con esto y con las limosnas de los fieles, subsisten pobremente el abad y los canónigos, y atienden al culto con un esplendor que honra a los virtuosos eclesiásticos a quienes está encomendado el templo de la Patrona de México.

El día 12 de cada mes concurre mucha gente principal de México a oír misa y rezar, pero el día 12 de diciembre, el jefe del gobierno y las autoridades todas de México, concurren de grande uniforme y en solemne procesión a la catedral de Guadalupe, donde se celebra una función religiosa, con tanto lujo y esplendor como pudiera en la misma capital de la cristiandad. El año de 1854 el presidente de la República colocó personalmente en el altar mayor de la iglesia de las Capuchinas, el estandarte del Cura de Dolores.

Además de la función del día 12, los indios tienen una festividad, y concurren millares de pueblos, mexicanos y otomíes, vestidos con sus trajes de lana, y bailando mitotes como en los tiempos antiguos. Desgraciadamente esta solemnidad religiosa es un pretexto para que se entreguen a la embriaguez y a los repugnantes desórdenes.

Manuel Payno


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