sábado, 14 de abril de 2018

LA CIUDAD DE MÉXICO

Capital de la República Mexicana, cabecera del Distrito, asiento del arzobispado de su nombre, y una de las ciudades más hermosas del Nuevo Mundo, está situada a los 90º 25’ 45” de latitud N y 101º 25’ 30” de longitud O. de París; a 2 277 metro sobre el nivel del mar, y en centro de un valle de figura ovalada que tiene 18 leguas de largo y 12½ en su mayor anchura. Goza de un clima templado y sano, y el cielo es de una pureza y transparencia admirables. La temperatura dentro de la ciudad es, término medio, +17º Reaumur; la presión atmosférica es de 585mm; la sequedad de la atmósfera suele hacer bajar a 15º el higrómetro de Deluc; los vientos dominantes son el N. E. y el N., y el agua declina 8º 30’ 12” al E. El día más largo de 13h 10’ y el menor 10h 50’.
La vegetación en el valle, así como en las montañas que lo rodean, es tan vigorosa como variada, y el invierno apenas se hace sentir. Bajo este punto de vista los alrededores de México son verdaderamente notables y dignos de ser visitados.
“El terreno del valle –dice el Conde de la Cortina– es en general detrítico y de aluvión moderno, con bancos de caliza de agua dulce, y de toba caliza cubiertos de humos o tierra vegetal. En algunos parajes dominan las eflorescencias salinas, sobre capas más o menos areniscas; en otro dominan los conglomerados de formación moderna; en muchos se ven todos los caracteres de los terrenos volcánicos. A una legua de la ciudad, hacia el N. O. hay manantiales de nafta, y a las 3 leguas al N. Los hay de aguas termales” (Diccionario universal de historia y de geografía. Artículo: México).
México según los datos más dignos de crédito, fue fundado por los aztecas el 18 de julio de 1327, siendo bastante curioso su origen.
Popocatépetl
e Iztaccihuatl
Parece que esos indígenas, después de una larga y penosa peregrinación, estuvieron vagando y sin fijar domicilio por más de cincuenta años, hasta que perseguidos y acosados por los acolhuas, se dirigieron hacia la laguna que ocupaba gran parte del valle. Había entre ellos un oráculo, el cual, en una de sus respuestas les había mandado que no fundaran su ciudad sino hasta que encontrasen una águila parada sobre una roca. Dirigidos los aztecas por los sacerdotes, al llegar a las orillas de la laguna, estos se encargaron de buscar el sitio más cómodo para fundar la población; al efecto se adelantaron explorando los bancos de tierra, pantanos y carrizales que en medio del agua se veían; y anduvieron con tan buena fortuna, que a poco trecho vieron en un pequeño lugar de tierra enjuta el Tenuchtli, o sea la realización de la promesa del oráculo. He aquí el origen de las armas de la República Mexicana.
Convencidos los aztecas de que aquel lugar era su tierra prometida, comenzaron luego a edificar sus chozas en torno del Tenuchtli, para lo cual fueron formando pedazos de tierra firme en la laguna por medio de céspedes. De esta manera la ciudad brotó artificialmente, por decirlo así, de en medio de las aguas.
La vida de los aztecas, al principio fue pobre y miserable como su ciudad, la cual toma el nombre de Tenochtitlan, que quiere decir “tunal sobre piedra”, a causa del suceso referido; cambiándose mucho más tarde por el de México, que significa en la lengua de país “fuente” o “manantial”, aunque lo más probable es que proviniera del nombre de uno de los ídolos que trajeron los fundadores llamado Mexitly.
Con el transcurso del tiempo aumentó la población, y con ella la ciudad. No tardó, sin embargo, en haber una división entre los indígenas, una parte de los cuales, separándose de sus hermanos, fue a situarse en una isleta cercan, donde construyeron la ciudad de Tlatelolco, que por algún tiempo fue la rival de México, y que al fin vino a incorporarse con ésta, formando hoy uno de sus barrios. Empero, Tenochtitlan continuó creciendo hasta llegar a un grado de esplendor verdaderamente notable. En tiempo de la conquista tenía más de ciento y veinte mil casa y la población pasaba de 300 000 habitantes.
A las primitivas cabañas de carrizo sucedieron espaciosos y elegantes edificios de cal y tezontle (amigdaloida porosa) la mayor parte con dos pisos; templos y palacios, cuya descripción parece fabulosa. Había varias y extensas plazas para el comercio, y en la principal, que estaba rodeada por portales, según asegura el conquistador D. Hernando Cortés, se reunían más de 60 000 personas diariamente.
Alameda Central
La ciudad estaba dividida por calles rectas y bien aplanadas, así por multitud de canales o acequias para el paso de las canoas. Algunas calzadas, anchas y hermosas, la unían con tierra firme; de la cual estaba aislada por la laguna, que todavía en tiempo de la conquista la circundaba, extendiéndose por el E. hasta Texcoco e Ixtapalapam; por el N. Hasta los cerros de Tepeyac; por el O. hasta Popotla y Chapultepec; y por el sur hasta unirse con el lago de Xochimilco.
Tal era la gran Tenochtitlan, orgullo de sus fundadores, maravilla para los extranjeros, testimonio de la civilización y cultura de los indígenas.
Todo pereció sin embargo en tiempo de la conquista. Resuelto Cortés a apoderarse a todo trance de la ciudad, y cansado con la infatigable y tenaz resistencia de los mexicanos; resolvió destruir, sin excepción, cuantos edificios hubiese. Así fue, y el 13 de agosto de 1521, en que México se rindió, no era ya más que un inmenso montón de ruinas y cenizas...!
Consumada aquella catástrofe, los conquistadores se retiraron a Coyoacán, desde donde, al mismo tiempo que proveían a su seguridad, dispusieron la reedificación de la ciudad, lo que comenzó a tener efecto a fines de 1521 a principios del año siguiente, habiendo señalado el ayuntamiento, que existió antes de haber ciudad, el plano o traza en el cual estaban marcadas la calles, plazas, etc., con una exactitud, que todavía se admira, pues sin disputa la parte primitiva de la ciudad es mucho más regular que las que después han ido añadiéndose.
Para evitar el peligro de las inundaciones, se pensó en reedificar a México en Coyoacán, Tacuba, Texcoco u otro lugar fuera del alcance de las aguas de la laguna; pero Cortés insistió en que fuese en el lugar de la antigua Tenochtitlan, y su voto prevaleció.
En aquella época la ciudad fue bastante reducida, pero con el transcurso del tiempo ha ido creciendo, hasta el grado, que hoy siendo su planta irregular, mide de N. a S. entre garitas, 4 340 varas, y de E. a O., 3 640 teniendo un circunferencia de cerca de seis leguas.
La Ciudadela
Las acequias en su mayor parte han sido cegadas, y al presente no existe más que la que divide la ciudad por el Puente de la Leña, calle de Roldán, etc.
En la actualidad la población de México es poco más o menos de doscientos mil habitantes.
Las calles de la ciudad, que pasan de 482, son en general rectas, de catorce varas de ancho, bastante bien empedradas y con andenes enlosados a ambos lados; gozan de noche de un regular alumbrado, y dentro de algunos meses, el centro a lo menos, estará iluminado con gas. Hay además cosa de 60 plazas y plazuelas.
La ciudad cuenta con catorce curatos o parroquias; quince conventos de religiosos, veintidós de religiosas, y setenta y ocho iglesias o capillas; seis panteones abiertos; tres paseos principales; tres teatros, sin contar varios de inferior orden; dos plazas de toros; diez hospitales; tres bibliotecas públicas y otros establecimientos de que se hablará en los artículos siguientes.
El respetable barón de Humbolt en su Ensayo Político dice que “México debe contarse sin duda alguna entre las más hermosas ciudades que los europeos han fundado en ambos hemisferios”. Más adelante añade: que habiendo visto consecutivamente y en un corto espacio de tiempo, Lima, México, Filadelfia, Washington, París, Roma, Nápoles y las mayores ciudades de Alemania, nuestra capital es la que ha dejado en su ánimo una impresión más grandiosa y agradable.
El juicio de tan ilustre viajero entendemos sería hoy mucho más favorable, pues de algunos años a esta fecha la ciudad de México ha sido hermoseada progresivamente, contándose entre los edificios nuevos, algunos verdaderamente notables por su gusto arquitectónico, si bien no tienen la amplitud y majestad que distingue a las obras de los españoles.

Florencio M. del Castillo


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