sábado, 27 de mayo de 2017

LA PLAZUELA DE GUARDIOLA

Un cuadrilongo de corta extensión formado al Oriente por la casa de los condes del Valle, al Occidente por un pedazo de la calle de Santa Isabel, al Norte por la casa del Sr. Escandón, y al Sur por la pared de la capilla del Señor de Burgos, perteneciente al convento de San Francisco; he aquí lo que se llama en México la Plazuela de Guardiola.
Esta plazuela recibió su nombre de los marqueses de Guardiola, fundadores de la casa que hoy pertenece a la familia Escandón; y he aquí toda su historia.
En la Plazuela de Guardiola nunca ha pasado nada que sea digno de contarse, puesto que no sabemos si será verdad que una vez se lidiaron toros en ella, y que fueron rejoneados por varios caballeros entro otros, por el marqués del Valle, hijo de Hernán Cortés. Tampoco sabemos si es cierto que en ella estuvo preso o enjaulado el famoso Chirinos, aunque no falta quien lo asegura. Lo que sabemos bien, porque nos lo ha contado quien lo vio, es que el año 28 fue ajusticiado allí un tal Palacios, oficial de artillería, por haber asesinado al conde del Valle en su propia casa, en medio de la terrible revolución que ocurrió entonces.
Todo esto prueba que si la Plazuela de Guardiola no tiene historia, ha podido muy bien tenerla, puesto que allí caben toros y caballeros, y una jaula con un hombre, así como cupo el 28 un asesino ajusticiado.
Personas
conversando

Si nos atreviéramos a salir un poco de aquel recinto, podríamos saciarnos de curiosidades históricas, dando una vuelta por el convento de San Francisco, el primero que se fundó en esta capital, aunque otros dicen que fue el de Tlatelolco; recordando que allí acababa la traza primitiva de la ciudad después de la conquista, y que los edificios que había entonces en aquel sitio se llamaban las casas de junto al agua, porque en efecto, llegaban hasta allí las aguas de la laguna; contando algo sobre el callejón de la condesa, cuyo nombre está brindado a investigaciones interesantes; y metiéndonos por fin, en la calle de San Francisco, donde han pasado tantas cosas, que no tendríamos tiempo ni espacio para referirlas. Pero esto sería meter la hoz en mies ajena, puesto que nuestra mies por ahora es el recinto de la Plazuela y nada más.
En efecto, ella no tiene nada que ver con lo que haya pasado en sus cercanías, y no es responsable de los mogicones [sic] que dio una vez cerca de allí un virrey a un hidalgo, porque anduvo sobradamente obsequioso con la virreina, que había ido a su casa a ver pasar la procesión del Córpus. Tampoco es responsable la Plazuela de unas cuchilladas que se dieron en la esquina de San Francisco sobre cargar un cadáver. Iban a enterrar a un hijo del alférez de Palacio, y los soldados le cargaban, pero “salieron, dice una crónica, los mulatos de la compañía a hacer agasajo de cargarlo, y sobre esto sacaron todos las espadas, y el cura se entró en San Francisco”.
Ya que nos salimos de nuestro terreno, hemos de recordar siquiera un caso bastante curioso ocurrido cerca de allí, en el estrecho callejón de la Condesa. Sucedió pues, que dos hidalgos, cada uno en su coche, entraron casi al mismo tiempo por las dos bocas del callejón, llegando a encontrarse frente a frente en medió de él. Era indispensable que alguno de los dos retrocediera, porque de otro modo no se podía salir de aquella estrechura, pero ninguno quería hacerlo, porque cada cual creía ajada su nobleza, si cedía; mas como ambos, en medio de su rigidez, defendían su derecho con las más corteses razones, la disputa no se agrió hasta el punto de sacar los aceros, como sucedía en aquellos tiempos por un quítame allá esas pajas.
Paseantes a pie y a caballo
No pudiendo pasar los dos, ni queriendo retroceder ninguno, la consecuencia precisa era que entrambos se estuvieran allí, y así lo hicieron. Tres días con sus noches permanecieron en el callejón los dos hidalgos y habrían permanecido hasta su muerte, si el virrey no hubiera intervenido en la cuestión, decidiendo prudentemente para zanjarla, que los dos coches retrocedieran e un tiempo, hasta salir uno a la calle de San Andrés, y otro a la Plazuela de Guardiola.
Volvamos también nosotros a ella, para despedirnos de su breve recinto; pero no será sin echar antes una mirada a esa casa que tenemos al frente. “No harás tú casa con azulejos”, dicen que decía uno de los condes del Valle a un hijo suyo que más pensaba en divertirse que en trabajar. Tanto se lo repitió, que el muchacho hubo de formar empeño en dejar mal la profecía de su padre; y he aquí el origen que vulgarmente se da a esa casa.
Escultura de
la plazuela

Ignoramos lo que hay de cierto en esta especie, que en efecto es vulgarísima en esta capital: lo que sabemos es, que esta casa fue edificada, primeramente por uno de los ascendientes de la familia, llamado Fr. Diego Suárez de Peredo, religioso del convento de Zacatecas, y que muchos años después fue [sic] reedificada como está ahora: también sabemos que sin trabajar no se pueden hacer casa ni con azulejos ni sin ellos, lo cual es saber algo. Diremos para concluir, que en esta casa se verificó la renovación del Señor de Santa Teresa, según lo cuenta un libro que anda en manos de los devotos de esta Imagen.
La Plazuela de Guardiola es uno de los sitios donde se ponen los coches de alquiler; es uno de los puntos más transitados de México, porque por él pasan todos los días los que van a los dos paseos más hermosos de ésta capital, el de la Alameda y el de Bucareli: y con decir esto hemos dicho, si nada bueno, por lo menos todo cuanto hay que decir sobre la Plazuela de Guardiola.

Anselmo de la portilla


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