jueves, 11 de agosto de 2011

ESCRITURA CUNEIFORME

Una vez que Nínive y Babilonia fueron destruidas por medos y persas, la floreciente cultura mesopotámica, que se había desarrollado por milenios, quedó sepultada en las ruinas de sus grades capitales. Los mitos y las historias narradas durante tanto tiempo se olvidaron y dieron paso a la mitología y a la épica griega, introducida en la región por los macedonios de Alejandro, quienes fundaron una nueva capital: Seleucia del Tigris, importante centro de la cultura y el arte helénico. Hacia principios de la era cristiana, la antigua escritura cuneiforme, creada por los sumerios, cayó en desuso y se olvidó.
Inscripción de Behistún
Este sistema de escritura se mantuvo desconocido y enmudeció por milenios. En 1626 el romano Pietro della Valle llevó a Europa varias muestra de escritura cuneiforme procedentes de Persépolis, la antigua capital persa. A finales del siglo XVIII el danés Carsten Niebuhr dio los primeros pasos en el desciframiento de esta escritura, al encontrar un texto que pertenecía a Diodoro Sículo, un viajero griego que informaba sobre una inscripción que había encontrado sobre un peñasco en Persia cerca de la actual Behistún. En dicha inscripción el danés distinguía tres idiomas diferentes.
Henry C. Rawlinson
Al iniciar el siglo XIX, en 1802, el alemán Georg Friederich Grotefend, estudió dicha inscripción y descubrió que la escritura en los tres idiomas se realizaba de arriba abajo y de izquierda a derecha, así como logró descifrar unas doce letras, que pertenecían al antiguo persa, donde figuraba el nombre de Darío. En 1833 el inglés Henry Creswicke Rawlinson descifró completa la parte que se encontraba escrita en persa y demostró que los otros dos idiomas eran el acadio y el elemita.
Austen H. Layard
A mediados del siglo XIX, dos trascendentales hallazgos arqueológicos aportaron las herramientas necesarias para el desciframiento de las otras dos lenguas. El primero ocurrió en 1842, cuando Paul-Émile Botta, arqueólogo francés, descubrió las ruinas de la capital asiria durante el reinado de Sargón II: Dur-Sharrukin «Fuerte de Sargón» o Khorsabad. El segundo y más importante se presentó en 1847, cuando el británico Austen Henry Layard descubrió el antiguo asentamiento de la ciudad de Nínive y, entre sus restos, los escombros del palacio y la biblioteca de Asurbanipal; la cual aportó unas 25 mil tablillas de barro con escritura cuneiforme, que se encuentran actualmente en el Museo Británico.
Con la ayuda de este gran hallazgo, Rawlinson y el irlandés Edward Hincks lograron descifrar el texto acadio de la Inscripción de Behistún; más tarde, una vez comprendida esta lengua, se pudo entender el sumerio y los diversos idiomas que utilizaron la escritura cuneiforme. Gracias a la inscripción realizada por Darío y a la Biblioteca de Asurbanipal, se exhumó un universo que había permanecido en el olvido y que más tarde se descubrió, fue el origen del mundo civilizado. Desde entonces a Mesopotamia se le considera la cuna de la civilización.

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